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Bosozoku, Japón a ritmo de gas

Durante los años 80 en Japón una corriente excéntrica, violenta y ruidosa invadió las calles. Se bautizó como Bosozoku y hoy día sigue dando coletazos a ritmo de gas.

Autor:
Álvaro Guardia
Foto:
Miano Kagayama
Publicado el 05/03/2018
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Bosozoku es sinónimo de bandas, violencia, rebeldía, ruido y velocidad. Hace tiempo hablábamos del Winding Riding, una corriente de estilo y motociclismo japonés. Bien, pues el Bosozoku sería el hermano problemático del Winding Riding, el extremo, la rama polémica, el despliegue radical de lo incontrolable, lo excéntrico y lo anabolizado.

Orígenes

El término Bosozoku significa literalmente “violentas tribus de velocidad”, llegando a evolucionar en una corriente, que comparado con el purismo japonés, podría resultar execrable, nefasta, ominosa, añadiría que abyecta y aviesa en estos tiempos, más civilizados. 

Por entonces, raro era el miembro de cada banda que no hubiera vivido una pelea callejera o un duro encuentro policial.

Los Bosozoku (así era como se les llamaba a los integrantes de las bandas de este movimiento) además de representar el extremo opuesto de un buen ciudadano, también lo hacían en la personalización de sus motos, en consonancia con la actitud de su día a día. Lo radical y lo excéntrico era la base sobre la que construían su propia imagen y su personalidad.

Evolución

El Bosozoku nació de las bandas callejeras moteras de Japón, en los años 80, y se fue personalizando de manera que no solo atendía a las cuestiones ilegales o pandilleras, sino que empezó a desarrollar su propia vertiente estética, su propia evolución visual y su propio estilo, todo ello sobre las motos de cada miembro claro.

La moto típica del Bosozoku utiliza de base motos normales, aunque generalmente 4 cilindros, ni muy potentes ni muy deportivas precisamente, sobre las que implementan carenados diferentes y estrafalarios, colines artesanales, a cada cual más extravagante, y escapes vaciados para conseguir el mayor ruido posible.

Esta información nunca podría ser 100% fiel a la realidad, ya que la mayoría de elementos que personalizan no tienen descripción posible. Son motos personalizadas hasta tal punto, que estarían a medio camino entre un cuadro de Dalí y una unidad para desguace.

Estas creaciones de fibra de vidrio, acabaron yéndose de las manos en muchos casos, derivando incluso en retazos pervivientes de fuertes sentimientos bélicos, con mucha carga nacionalista, orgullo patriótico y mucha soberbia. Todo ello alimentado por herencias póstumas; la simbología de la II Guerra Mundial y el heraldo del Imperialismo japonés.

Dentro de los extremos, existen sus propios subextremos.

Hacerse oír

Pero, lo más sonado de esta corriente, no es solo la actitud o las personalizaciones, sino su peculiar manera de hacerse notar, de hacerse ver, o mejor dicho, de hacerse oír. Bosozoku era ilegalidad, era velocidad, era estética rebelde y carrocería artesanal, pero sobre todo ruido. Mucho ruido. Eso sí, con personalidad, autenticidad y mucha genuinidad. Son los padres de los acelerones en vacío, los docentes del corte de encendido, los maestros del rugir y el bramar, los “exhaust-sama”. No hay minuto que circulen en silencio, y cada semáforo es toda una orquesta por la que muchos pagarían para poder asistir. Son el terror de las calles al mismo tiempo que el orgullo de los fabricantes de escapes. Los oyes venir, son ellos, son los Bosozoku, y no te hace falta mirarlos

Tal fue el desarrollo de su acústica, que tuvo una tremenda evolución, llegando a resultar todo un arte dentro del mundo de las motos, logrando incluso tonalidades y melodías que jamás pensarías que salen del escape de un motor. Los años pasaron, la violencia se fue mitigando, el civismo comenzó a crecer, y los Bosozoku pasaron de ser unos personajes a evitar, a un movimiento reconocido, aunque muy local y propio del Japón, sin apenas expansión internacional.

Legado, acústica de escapes

En la actualidad, las bandas Bosozoku perviven, pero en otro número y con otra presencia. No podemos negar la total extinción de la vena violenta e ilegal, pero desde luego, el término Bosozoku ha logrado pasar a ser referencia únicamente del arte urbano que se ha ido desarrollando alrededor las motos.

La corriente Bosozoku no ha sido muy reconocida fuera de Japón, aunque si ha tenido su impacto en famosos animes como Akira, ese manga y posterior película que contaba las tesituras de un grupo de chavales ignorados y repudiados por la sociedad, que surfean sus días sobre sus motos modificadas, en un contexto ficticio de un “Neo-Tokyo” futuro.

El Bosozoku, tras todas estas décadas, ha quedado relegado prácticamente a un arte acústico, con su propia imagen y su propia moda. Y como en todo aquello que se acaba domesticando, nace la competición, como fluctuación “sana” de lo que podría descontrolarse.

Los Bosozokus, que en su día hacían ruido para hacerse notar y avisar su presencia, actualmente perfeccionan sus técnicas para ver quien logra la mejor composición sonora o demostrar quién es más hábil o más capaz. Los Bosozoku son al cafre de los GGPP lo que el Homo Sapiens al Neanderthal… Los amantes de cortar encendido en nuestras calles o en los GGPP tal vez encuentren en esta corriente una nueva inspiración con la que justificar su ruido.

Texto:

Álvaro Guardia

Fotos:

Miano Kagayama

Publicado el 05/03/2018

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