Michel Bayle
Jean Michel Bayle: el mejor piloto de la historia

Jean Michel Bayle es mucho más que un piloto polifacético. Después convertirse en el mejor piloto de motocross y batir a los norteamericanos en su terreno, se pasó a la velocidad. Esa gesta le encumbra como el mejor piloto de la historia.

Autor:
Juan Pedro de la Torre
Foto:
Archivo
Publicado el 14/03/2017
Michel Bayle

Puede parecer una exageración decir que Jean Michel Bayle es el mejor piloto de la historia, pero dedica unos minutos a pensar en ello. A lo largo de la historia del motociclismo ha habido innumerables pilotos que se han pasado de una especialidad motociclista a otra, con igual brillantez. Ahí está el caso de Sammy Miller, que antes de convertirse en el pionero del trial había sido piloto en el Mundial de Velocidad, donde sumó podios en 125 y 250; o Fabrizio Pirovano, una de las estrellas de los primeros años de SBK, adonde llegó procedente del Mundial de Motocross de 500. Julito Simón, todo un campeón del mundo, tuvo un serio inicio en el motocross, donde llegó a ser campeón de España. E incluso un jovencísimo Kevin Schwantz llegó a clasificarse para una final del Supercross AMA 125 en el Astrodome de Houston…

Pero lo de Bayle es algo muy especial. Sólo dedicó al motocross ocho temporadas de su carrera deportiva, desde 1985 hasta 1992, y sin embargo el recuerdo que dejó en el motocross profesional fue extraordinario. Aquí no exagero si decimos que no ha habido otro como él, porque sólo él ha conseguido ser campeón del mundo y batir a los pilotos norteamericanos en su propio terreno.
 

Bayle nació en Manosque, el 1 de abril de 1969. Tras competir en diferentes categorías inferiores en 1985 se hizo profesional. Ganó varios títulos franceses en 1987 y 1988, y ya en 1987 hizo sus primeras apariciones en el Mundial de Motocross. Era evidente su porvenir cuando en su primera carrera, el Gran Premio de Francia de 125 en 1987 que abría el campeonato, se anotó un quinto puesto. Al año siguiente hizo el Mundial de 125 al completo, y lo ganó con autoridad, sumando su primer título con apenas 19 años. Dio el salto a 250 y tampoco encontró a quien le pusiera freno, sumando su segunda corona mundial consecutiva.

Por entonces ya había iniciado sus escarceos con el motocross norteamericano, participando con destacados resultados en alguna prueba del campeonato AMA de supercross y motocross, ganando varias carreras. Aquella buena experiencia le convenció de que su futuro estaba en Estados Unidos, renunciando al Mundial. Podía haber sido un europeo más que quiso probar fortuna pero Bayle se convirtió en el más grande de todos.

 

Campeón AMA

Tras ser subcampeón de Supercross AMA en 1990, participando además en el Motocross AMA 125 –fue cuarto-, en 1991 Bayle marcaría un antes y un después en la historia del motocross. Su planteamiento de temporada era similar al de otras estrellas norteamericanas: la temporada de Supercross, y posteriormente disputar las categorías de 250 y 500 en el Motocross AMA. Lo que muy pocos esperaban es que Bayle ganaría las tres categorías. Seguramente, ni él mismo.

Bayle se anotó ocho victorias en Supercross y así fue el primero que batió a los norteamericanos en su propio terreno. Además, ganó el Gran Premio de Estados Unidos de Motocross 500, y posteriormente las dos categorías del campeonato AMA, 250 y 500. El otoño trajo consigo la tradicional gira europea de los pilotos norteamericanos y Bayle regresó a casa anotándose todos los triunfos importantes: el Parque de los Príncipes, Mónaco, Milán, Barcelona, y finalmente Bercy, la meca del motocross europeo.

Bayle había llegado a la cima del motocross. Con solo 22 años había ganado todo lo que cualquier otro piloto habría aspirado a ganar en toda su carrera. Todavía hoy nadie ha igualado su gesta.

En 1992 siguió en el campeonato AMA, pero después de haber conseguido todo lo imaginable, Bayle necesitaba un nuevo desafío. Fue tercero en el Supercross AMA y también el campeonato de 250, además de ganar de nuevo el Gran Premio de Estados Unidos de 500. Para entonces ya se había marcado una nueva meta: la velocidad.

 

Piloto de Gran Premio

Bayle había comenzado a prepararse en solitario para su paso al asfalto. A lomos de una Honda CBR600, Bayle hacía sesiones de entrenamiento. Y cuando tuvo la determinación de probar en serio, decidió adquirir una Honda RS250. El objetivo que se había marcado, como siempre, fue muy ambicioso: debutar en el Gran Premio de Francia de 1992.

Bayle entrenaba en solitario en el circuito francés de Carole, Nogaro y Magny-Cours, y la primera vez que rodó con alguien más en pista fue cuando prestó una de sus motos a Didier de Radigues, que se encargó de evaluar su nivel y pulir su pilotaje.

Con toda esa experiencia, Bayle debutó en el Mundial. Nunca había corrido una sola carrera de velocidad, pero poco importaba. Su nombre era garantía de calidad. Estuvo último (36º) y destacado en todos los entrenamientos, pero poco a poco fue recortando la distancia. Terminó la carrera en 24ª posición, a una vuelta de Luca Cadalora. “Cadalora me saca 20 km/h en la recta”, se lamentaba. Algunos lo tomaron como una excentricidad, un capricho de campeón, pero aquello iba en serio.

Esa fue su última temporada de motocross. En 1993 Bayle hizo el Mundial completo, con el respaldo del patrocinio de Chesterfield –la tabaquera entró en el campeonato de su mano-, y con una Aprilia privada, pero un equipo muy profesional, bajo la dirección técnica de Alain Chevallier, padre de las Chevallier 250 y 350, autor del bastidor de la Cagiva 500 de 1987, y de la Yamaha GTS. Fue un duro aprendizaje, peleando por arañar puntos la mayoría de las veces. Su mejor resultado fue un octavo puesto en Donington. Acabó 22º el campeonato.

Las dos siguientes campañas formará parte del equipo oficial pero sus resultados no despegaron. En 1994 acabó octavo el Mundial y al año siguiente problemas diversos y una lesión le dejaron en una discreta 15ª posición final. Lo máximo que consiguió fue una “pole”. Parecía totalmente encasillado y sin capacidad de progresión, pero en 1996 dio el salto a 500 de la mano de Kenny Roberts.

Su llegada a la “clase reina” supuso un nuevo incentivo, y esa temporada fue noveno a final de año, y se colocó más cerca que nunca del podio: cuarto en Imola. Y sumó dos “poles”. Pero en los años sucesivos la suerte no le acompañó. Hay que reconocer que tampoco estuvo en el lugar más adecuado: se mantuvo en los equipos de Roberts y Rainey (1988), corriendo con Yamaha y Modenas, precisamente cuando las Honda campaban a sus anchas en el campeonato.

En 2000 salió del Mundial. Su nombre parecía olvidado para muchos, pero en 2002 volvió a la palestra gracias a su victoria en las 24 Horas de Le Mans, con el equipo SERT junto a Sebastien Gimbert y Nicolas Dussauge. Cuando Garry McCoy se lesionó en Jerez, en el Gran Premio de España, el equipo WCM no dudó en recurrir a él, y así fue como Bayle volvió al Mundial, en la temporada de debut de MotoGP, a lomos de una Yamaha YZR 500 de “dos tiempos”. Puntuó en Le Mans y Mugello, pero se lesionó en un entrenamiento.

Aquella carrera en Mugello fue su último Gran Premio. Después volvería a enfundarse el mono una vez más, en el Bol d’Or, de nuevo con SERT y con Gimbert y Dussauge. Y juntos volvieron a ganar. Fue su última carrera.

El motocross norteamericano reconoció su valía incorporándolo al Hall of Fame en 2000. Bayle ha regresado a sus orígenes y sigue vinculado a las carreras precisamente a través del motocross, donde ejerce desde 2015 de manager deportivo de HRC en el Mundial de MXGP.

Y ahora, piensa: ¿no crees que alguien con su palmarés y su valentía no se merece ser reconocido como el mejor piloto de todos los tiempos? Fue muy bueno y nunca quiso acomodarse. Jean Michel Bayle se merece todo nuestro respeto.
 

Texto:

Juan Pedro de la Torre

Fotos:

Archivo

Publicado el 14/03/2017

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