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Rafa Torres afronta el final de la carrera. El último día de enduro más el motocross. ¿Llegará a la meta? Esto fue lo que pasó.
Si hoy acabo sólo una tragedia me impediría acabar los ISDE, porque mañana queda el motocross. Ha venido cantidad de gente a ver la carrera, muchos amigos y conocidos. Veo al Galápago, mi maestro, y a Santi Pipol antes de vestirme. También los Perea y Matesanz, Quarter, Freyer, Juanpe Veleiro, su hijo Pedro. Es ya una costumbre también pasar a abrazar a los chicos de PTV, nuestro equipo hermano: Vaquero, Olmedo, Arturo. Y los mecánicos: Julio, Jonni, Mario, joder, y Carlos Vaquero que me informa puntual del briefing cada día y de los rumores que corren por las carpas.
Ayer no dejaban salir a Modesto por llevar el faro roto y les cogimos un faro de una de las motos que tenían en la asistencia. Al principio no sabíamos de donde coño había sacado Fermotos el faro, y luego respiramos al saber que el origen era lícito. Fueron 10 minutos en el parque de trabajo angustiosos.
El parque de trabajo es un sitio que hay entre el parque cerrado y la salida para que hagas lo que sea necesario a la moto en 10 minutos. Está en silencio, con la banda muy concentrada. Ahí dimos unas cuantas voces.
Modesto tendrá que acabar reconociendo que aunque él es mejor que nosotros, el hecho de estar en nuestro equipo le ha salvado ese día de los Six Days, porque otro no se hubiese preocupado tanto por él. Seguro. Fermotos hasta se hizo dos ampollas corriendo por el paddock con las botas.
El tiempo es soleado y luminoso. Hoy se enlaza al revés el recorrido del primer y el segundo día con el del tercero y cuarto, para conseguir más de 200 kilómetros, en una sola vuelta.
Es el día en el que más nervios tengo, porque comprendo que podría ser posible que acabase. Que si no rompo ni tengo una caída fuerte podría conseguir culminar un sueño que al principio era imposible, luego implanteable, después improbable… Siento el miedo a la bola de partido de la final de Grand Slam; el miedo antes de chutar el penalti con empate en el tiempo de descuento de una final de un Mundial; el miedo a sacrificar la dama en la final del mundial de ajedrez contra Kasparov, cuando ya lo has visto, y estás casi seguro, pero no dejas de creer que algo se te escapa, y coges la pieza con imprecisión, tembloroso. Siento el miedo de la última pregunta del examen final de la carrera, cuando el profesor la empieza a dictar y antes de acabar dices: “me la sé”.
Ese miedo ancestral que te asusta pero también te pone alerta, para ganar nuestras finales de la vida; ese miedo a no estropearlo en el último instante, a no ser capaz de aguantar un poco más, cuando la gloria ya te sonríe.
Es difícil que entiendan esto los que desconocen este deporte. Para saber bien lo que se siente un quinto día de los ISDE en la salida creo que hay que haber estado en uno, por mucho que te lo cuenten.
Y ahí estoy yo, con todo rebotándome en la cabeza, con la boca seca. Con el éxito al alcance y con el desastre que tendrá mil oportunidades de aparecer.
Curiosamente, la mejor manera de gestionar esto es no pensándolo, no siendo consciente de la cercanía del logro y del riesgo paralelo de montarte uno de los desastres de tu vida. Estoy harto de ver cómo los que mejor resuelven los momentos de presión extrema son los que utilizan esa presión para el logro, y no se dejan corroer por ella.
“Yo no soporto la presión, yo la disfruto”. Me lo digo, me lo repito.
Pulso acelerado.
Sudores.
Ansiedad.
Bocanadas de aire.
Me lo digo y me lo repito pero no estoy muy seguro de creérmelo.
Con todo este lío mental me doy cuenta enseguida de que el día va a ser muy largo, y de que no voy fluido. Le he puesto tanta trascendencia al tema que dudo en cada decisión. Tardaré más de una hora en entrar en carrera, relajarme, y asumir que así es como me acerco mejor al objetivo.
Oiré ruidos extraños en la moto, y todos me alarmarán, como en las noches de la niñez en las que el pánico era el medio para que el propio pánico tomase forma, y sintieses que esa mano de debajo de la cama ya te estaba tocando, que los pasos del pasillo eran reales, y que ya estaba dentro de la habitación, que la respiración que sentías encima de tu cara en la negrura era nítida, densa…
El pánico a que la moto se rompa es real como esos terrores nocturnos.
No me falles ahora bonita, que nos queda bien poco…
No me falles…
No fallará.
La jornada se hará eterna; mentalmente iré descartando averías que me impidan acabar porque ya va quedando poco, y aunque me pase eso o lo otro, ya podré acabar.
Quedará tiempo aún para que a un piloto español, Casanova, se le pare la moto a 15 kilómetros de meta, lecciones de vida, que lograrán arrancar con la batería de otra moto después de darlo todo por perdido, más lecciones de vida. Y para que un piloto alemán trate de hacer el final de la extrema empujando a la moto y logre llegar al parque cerrado por los pelos. Y al día siguiente, que tampoco le arrancará la moto, tratará de hacer el motocross empujando también. Verlo salir corriendo por la recta de meta será uno de los momentos más épicos de una carrera jodidamente épica.
No sabíamos en realidad si era alemán o no, pero todo el mundo dijo que era alemán… Hacer algo así supongo que lo relacionamos con la historia de superación de la nación alemana.
Llegar al prefinish es un momentazo. En ese control están los comisarios de Valverde del Camino, la Catedral del Enduro, y en cada pasada me han dado ánimos y me han tratado de manera especial. Me felicitan al llegar. Me apetece abrazarlos, bailar con ellos, decirles lo agradecido que estoy por sus ánimos desde el primer día.
Cuando llego a la carpa pasa lo que veis en el vídeo.
Estad atentos a que a pesar de la alegría, no me doy muchas concesiones, porque aún tengo que preparar la moto para el último parque cerrado. El motocross es un trámite pero hay que cumplirlo.
Hay bastantes personas que me piden fotos. Caigo en que es sábado y que por eso hoy hay mucha más gente en el paddock. Hemos perdido la conciencia tradicional del tiempo: estábamos en el primer día, en el segundo, y cada día divido en fases: primera vuelta, tercera crono, etc. No sabía ni qué día de la semana era.
Cuando vuelvo caminando a la carpa me paran, me felicitan. Estoy exultante. Saludo a Gonzalo Rubio, un futuro corredor de ISDE, que ha esperado paciente a que yo llegase para verme.
Un par de padres me dicen que me haga una foto con sus hijos:
-Torres, déjame que te haga una foto con mi hijo que le hace mucha ilusión…
Yo sé que es mentira, que el chaval no tiene ni puta idea de quién soy, que quien me conoce es el padre, y no por mi calidad como piloto, sino por lo que he escrito:
-¿Tú eres Rafa Torres?
-Sí, ¡el Piloto!
-No, no, el de las crónicas…
En cualquier caso, acepto solícito. Pienso que yo ahora agradecería mucho a mi padre que me hubiese conseguido una foto de niño con Miguel de Cervantes, por ejemplo, aunque yo a esa edad sin duda hubiese elegido hacérmela con Maradona…
Bueno, ya casi está.
Un día de esos que estás agradecido a la vida por ofrecer momentos tan intensos, aunque haya que trabajarlos tanto.
Por fin. Sexto día y seguimos vivos. Quién lo iba a decir, ¿eh?
Con mucha confusión con los horarios de salida, entramos por última vez al parque cerrado vestidos de piloto.
Mucho público. Muchas colas. Muchos trámites hasta que nos dan la salida.
Es incongruente vestirse con el mismo interés que el resto de los días: antes lo hacíamos para 8 horas, hoy para una. Es como un exceso de medios, un poco despropósito.
Para que no se levante polvo han regado a base de bien. Así solo tienen que hacerlo una vez, y podrán disputar sus mangas todos los pilotos que aún quedan en carrera. Yo entro en la tercera manga y eso es un barrizal infame. En las mesetas no es que no saltemos, es que no somos capaces ni de subir la rampa.
Madre mía.
Ya que lo dábamos por hecho, nos han puesto una última batalla.
Da igual ya tardar un par de minutos más o menos: en la medida de lo posible intentaré no hacerme daño y acabar con esto cuanto antes.
Busco los peraltes de las curvas, en los extremos del circuito, y al pasar cerca de la gente oigo que gritan mi nombre.
Me domino para no tratar de impresionar retorciendo el gas. Ahora ya no puedo poner en juego nada. Cuento las vueltas hasta que veo la bandera a cuadros.
La gente estira la mano en la valla para que se la choquemos.
Yo me acerco, les toco los dedos, les respondo.
Con la mano izquierda al aire, aun con el gas muy constante, la rueda de delante patina y tengo que sacar felino una vez más el pie izquierdo para no caerme. Zapatazo clásico.
No era mal final este: una caída saludando con la carrera acabada, y delante de todo el mundo. Muy mío.
Me río. Debería haberme dejado caer, y ser otra vez el que hubiese salido en los vídeos más vistos.
Joder, el puto Rafa Torres.
Abrazos de despedida.
Nos veremos en otra.
No nos olvidaremos.
Ya nada será lo mismo.
Hay una frase de Miguel Delibes en El Camino que dice: “Las cosas podrían haber sucedido de cualquier otra manera, y sin embargo sucedieron así”. Mi vida es una historia de lucha porque las cosas pasen como quiero, no de cualquier manera. A veces lo consigo, a veces no. Pero siempre lucho.
Os puedo asegurar que para que pase que yo acabe unos ISDE he luchado mucho, y al fin ha pasado.
En el coche ya de vuelta a Madrid un dique en mi cerebro se rompe, las emociones me inundan y comienzo a llorar. Lloro recordando los tiempos en que mendigaba compañía para salir al monte porque yo era malo y los demás no querían que los retrasase; los tiempos del Lechón, el gran Lechón, y las primeras carreras, triste, abrumado, aterido, con frío por fuera y por dentro. La convivencia tan habitual con el dolor. Recuerdo tantas veces en las que me iba solo a Dios sabe dónde, con el principio de no renunciar a algo porque mi entorno no hiciera ese algo. Lloro por todo ese tiempo dedicado con el máximo interés, por el miedo que he pasado a fracasar, a crearme una obsesión ridícula, por el miedo a no haber sido capaz de resolver lo que me he impuesto, aunque los que lo hemos hecho sabemos que significa mucho más.
Lloro por el sacrificio de mi familia, de mi mujer, de mis hijos, sin los que nada en verdad tendría sentido.
Siento que por una vez el enduro me devuelve lo que le he dado.
Trabajando por un futuro de recuerdos maravillosos, me alegro de comprender un poco más la vida.
Dedicado a todos aquellos que quisieron correr esta carrera, pero que por las circunstancias que fueran no pudieron.
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