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Vídeo: La dura vida del piloto de MotoGP: La cara oculta

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¿Quién no ha soñado alguna vez con ser una estrella del motociclismo? Ahora vamos a ver la cara oculta del piloto de MotoGP, una vida muy dura.

¿Qué aficionado no ha soñado alguna vez con ser una estrella de MotoGP? Probablemente todos los que amamos las dos ruedas hemos fantaseado con estar en esa parrilla de salida, sintiendo la adrenalina de los 300 caballos bajo el asiento. Sin embargo, ese sueño a menudo nace del desconocimiento. Nadie te cuenta lo verdaderamente dura que es la vida del piloto profesional; una existencia que, para muchos, podría pasar de ser el sueño ideal a convertirse en una auténtica pesadilla.

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En este texto vamos a profundizar en lo que sucede cuando se apagan las cámaras y los pilotos se quitan el casco. Bienvenidos a la realidad del "monje de la velocidad".

El fin del romanticismo: La jornada de 12 horas

Existe un mito muy extendido en las barras de los bares: "Qué suerte tienen los pilotos, trabajan tres días al mes y el resto del tiempo se lo pasan viajando". Nada más lejos de la realidad. El piloto moderno es, ante todo, un atleta de alto rendimiento que entrena más horas que un directivo de Wall Street. Su cuerpo es su empresa, su herramienta de trabajo, y esa empresa no cierra por vacaciones ni festivos.

La jornada de un piloto de élite como Jorge Martín o Pecco Bagnaia comienza antes de que salga el sol, pero no con un café, sino con datos. Viven esclavos de la biometría. Antes incluso de lavarse la cara, consultan dispositivos que miden la variabilidad de la frecuencia cardíaca y la calidad del sueño profundo. Si el algoritmo indica que la recuperación no ha sido suficiente, su preparador físico ajusta la intensidad del día. No se escucha al corazón, se escucha al dato.

El día se divide en bloques extenuantes. Primero, el cardio de base: tiradas en bicicleta de hasta 100 kilómetros a ritmos profesionales para bajar las pulsaciones en reposo. Después, el gimnasio específico, donde no se busca el volumen muscular —que consume demasiado oxígeno— sino la elasticidad, la fuerza del "core" y, sobre todo, un cuello capaz de soportar las brutales fuerzas G en las frenadas.

Por la tarde, la moto: horas de motocross o Flat Track para mantener los reflejos afilados en condiciones de baja adherencia. Cuando llegan a casa a las ocho de la tarde, les espera la fisioterapia de descarga y la crioterapia. Meterse en una bañera de hielo no es un placer, es una obligación estratégica para poder volver a empezar al día siguiente.

La dictadura de la báscula y el hambre constante

Si en la Fórmula 1 el peso del piloto es importante, en MotoGP es una cuestión crítica. Con motos de 157 kilos y potencias desorbitadas, cada gramo cuenta. Esto genera una contradicción biológica cruel: el piloto debe tener la fuerza explosiva de un gimnasta olímpico pero el peso de un jockey de hípica.

Esto nos lleva a lo que muchos llaman "el hambre permanente". Pilotos que miden 1,80 m, como Aleix Espargaró, compiten pesando menos de 70 kilos.

Este control estricto destruye el componente social de la vida de cualquier joven. En nuestra cultura, todo se celebra comiendo y bebiendo. El piloto, sin embargo, se convierte en un "ermitaño del tupper".

Profesionales del dolor y la rehabilitación

Se dice que hay dos tipos de pilotos: los que se han caído y los que se van a caer. Pero la caída es solo el principio. Lo verdaderamente terrible empieza en las salas de hospital y las camillas de fisioterapia. Para un piloto de MotoGP, la rehabilitación es un segundo trabajo, y es el más odioso de todos.

La diferencia entre un deportista de élite y un ciudadano común es la gestión del tiempo y el dolor. Si tú te rompes la clavícula, esperas dos meses de baja con calma. Un piloto se opera un domingo por la noche y el lunes a las nueve de la mañana ya está movilizando la zona bajo una supervisión médica extrema.

Muchos pilotos terminan sus carreras con cuerpos que parecen mapas de carreteras trazados por cirujanos, llenos de placas de titanio y tornillos que, con el tiempo y el frío, pasan factura.

La soledad afectiva y el aislamiento del paddock

A menudo se habla poco de la salud mental y la vida personal. Un piloto de 24 años es joven, famoso y rico, pero su vida es incompatible con una relación "normal". Pasan más de 200 días al año fuera de casa, viajando entre continentes y husos horarios. Pero incluso cuando están en casa, su mente no está allí. Sus prioridades están tan volcadas en la competición que cualquier evento social —una boda, un bautizo, una cena familiar— queda supeditado al entrenamiento del día siguiente.

Mantener una pareja requiere que la otra persona acepte ser siempre el segundo plato.

El "Jet Lag" y la inestabilidad laboral

El mundial no deja de expandirse por Asia y Oceanía, lo que destroza los ritmos circadianos de los pilotos. Llegan a circuitos como Indonesia o Japón con el cuerpo pidiendo dormir mientras el reloj les obliga a pilotar al límite. Esa fatiga acumulada a final de temporada se refleja en sus rostros, transformándolos en auténticos zombis que deben tomar decisiones de vida o muerte en milésimas de segundo.

Para rematar esta presión, está la inestabilidad del puesto de trabajo. En MotoGP eres tan bueno como tu última carrera. Los contratos son cortos y la competencia es feroz. A los 25 años puedes ser considerado un "viejo" si los resultados no llegan.

Conclusión

La próxima vez que veas a un piloto sonriendo en el podio o celebrando una pole position, recuerda todo lo que no se ve. Valóralo el doble. Son personas que han renunciado al tiempo libre, a la comida placentera, a la estabilidad familiar y a su propia salud física por perseguir un sueño que es, en esencia, una vida de sacrificio absoluto. La vida del piloto es durísima, solitaria y aburrida a ratos, y aguantar ese ritmo tiene tanto mérito como apurar una frenada a final de recta.

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