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Hubo una época, entre los años 60 y finales de los 90, en la que la banda sonora de España era el sonido metálico de un motor de dos tiempos. No importaba si era en la gran ciudad o en el pueblo más remoto: el ciclomotor de 49 centímetros cúbicos era el motor de la sociedad. Mucho más que un vehículo, era el pasaporte a la libertad y la primera escuela de conducción para millones de españoles.
En una España que necesitaba motorizarse tras la posguerra, pero donde el coche seguía siendo un lujo, el ciclomotor fue la solución perfecta. Su éxito se basó en tres pilares: un precio de fabricación y mantenimiento extremadamente bajo, una legislación laxa (no hacía falta carnet, solo una licencia sencilla, y el casco no fue obligatorio en ciudad hasta 1992) y, sobre todo, una industria nacional floreciente. Marcas como Derbi, G.A.C., Moto Vespa, Puch o Rieju daban empleo a miles de personas y exportaban tecnología a medio mundo.
Tener un ciclomotor en los 80 o 90 implicaba, casi por obligación, aprender mecánica de supervivencia. Todo dueño de una Variant o un Vespino sabía limpiar una bujía o ajustar el ralentí. Fue la era de la "ingeniería de barrio" y el trucaje: cilindros Gilardoni, carburadores Dell’Orto y los míticos escapes Metrakit. Aunque la ley limitaba su velocidad a 45 km/h, era raro encontrar una unidad que no alcanzara los 80 km/h tras pasar por las manos del "manitas" de la pandilla. Esa conexión con la máquina creaba una responsabilidad y un respeto que hoy, con los vehículos modernos de "usar y tirar", prácticamente ha desaparecido.
El fin de un ecosistema. La muerte del segmento no fue natural, sino ejecutada mediante cambios normativos. El aumento de la edad mínima para conducir, la imposición de la matrícula amarilla en 1999 y la llegada de las ITV obligatorias fueron golpes críticos. Sin embargo, la estocada final fue la convalidación del carnet B con el A1, que permitió conducir motos de 125cc con el carnet de coche, dejando al ciclomotor en tierra de nadie. A esto se sumaron las normativas de emisiones Euro, que sentenciaron a los románticos motores de dos tiempos y su característico humo azul.
Repasar los modelos que motorizaron el país es repasar nuestra propia historia:
Los ciclomotores de los "años felices" fueron el pegamento social de una España que despertaba. Nos enseñaron a ser libres, a ensuciarnos las manos y a entender que la movilidad tiene más que ver con el disfrute que con el simple hecho de ir de un punto A a un punto B. Hoy son piezas de coleccionista, pero su legado sigue vivo en cada motero que dio sus primeros pasos sobre un motor de 49cc.
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