El Búfalo

Pesadilla en la nieve: Tarifa - Cabo Norte

El Búfalo nos sorprende con una nueva aventura. Tarifa- Cabo Norte en invierno sobre una maltrecha GS500 y 1000 euros de presupuesto. Aquí nos cuenta la odisea que se convirtió en pesadilla.

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Publicado el 03/05/2016
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No tenía medios aunque me sobraban ganas. No tenía moto pero sí mucha ilusión. No tenía mucho dinero pero tenía lo más importante... el tiempo. Al llegar de África, en GSA Motorsport de Conil, continuaba aquella Suzuki GS 500 del 97, rodeada de nuevas compañeras y con su cara torcida. En aquellos seis meses no encontró el amor, nadie la quiso. Su precio, unos 600 euros que yo no tenía, entonces le pregunté a Gonzalo. “¿Crees que esa moto llegaría a Cabo Norte en invierno?” Y con una sonrisa dibujada en la cara respondió... “Yo sé que... la moto está bien aunque lleve 2 años parada y lo que tenga se arregla, pero solo tú sabes si llegaría o no... ¿Hay cojones?” 

Llegamos a un acuerdo; El me prestaba la moto y yo aportaba lo que iba a gastar durante el viaje. Las ruedas y el kit de arrastre. Para que la historia fuese más llamativa y divertida, decidimos hacer una Caferacer, pero a medida que el proyecto avanzaba parecía una Scrambler, aunque tampoco era exactamente eso... así que la llamamos "Cubata Racer" No solo por los cubatas de los fines de semanas, sino porque el colín que le pusimos era un cubo de aluminio cortado, de la ferretería vecina. El nombre de la transformada "Pingu".

De Tarifa a Cabo Norte con mis reglas

Si no era suficiente hacer desde el punto más sur de Europa, Tarifa, hasta Nordkapp, en una moto con 19 años, modificada por nosotros, en invierno, no siendo trail, viajando solo... Decidí poner algunas normas al viaje. Unas obligada como el presupuesto de sólo 1000€ para ir y para volver y otras masoquistas como no poder pillar ningún tipo de alojamiento en los 6000 km de ida y llegar el 19 de marzo  y así poder ser considerada "Ruta invernal"... Ahora sí teníamos una aventura.

La idea era salir el 28 de febrero pero me vi obligado a salir el 4 de Marzo, por lo tanto 15 días y mil cuestiones, ya que no había probado la moto aunque eso era lo de menos.

El primer trayecto me recordó que la ruta invernal no sólo era nieve cuando llegase al norte, sino que el agua y el viento son grandes enemigo, llegando a Vitoria totalmente empapado. Allí me acogió Xavi y su multitudinaria familia y amigos. Al siguiente día no podía ni moverme. Aquellos 1000 kilómetros me habían destrozado y me di cuenta de que aquella aventura, la cual había infravalorado comparándola con anteriores, podría ser la primera en no poder cumplir.

Pasamos el sábado relajados, comiendo y bebiendo. El domingo a la mañana salí, pero a 100 kilómetros, en Lasarte, la moto se resfrió. Querido lector, has de saber que entiendo de mecánica lo mismo que de física cuántica. Nada. Pensé que lo mejor era volver a casa de Xavi, buen mecánico, con herramientas y mirar a ver qué pasaba. Después de mirar varias opciones, todo apuntaba a la llave de paso de gasolina... Así la llamo yo por lo menos. Quitó, colocó, miró allí y allí también, mientras mi ropa saludaba la chimenea.

Coachsurfing

Fue el lunes 9 cuando finalmente pude salir dirección Tours, unos 700 km. En la ciudad francesa había contactado mediante Couchsurfing con Sami. Mi sorpresa y mi desesperación fue cuando exactamente poco antes de llegar de nuevo a Lasarte, la moto volvió a dar los mismos síntomas y de nuevo bajo aquel manto de agua. Toqué la llave una y otra vez antes de parar y estando en diagonal, ni en reserva, ni abierta... La moto iba, así que decidí continuar de aquella guisa. 700 kilómetros evitando las autopistas francesas, convirtiendo el trayecto en buenas carreteras con dos carriles en el mismo sentido. El Joven Samir de origen marroquí llegó sobre las 12 de la noche y muy atento el chico, comenzó a elaborar comida de su país, exquisita sea dicho de paso. Entre la cena y la sobremesa nos dieron las 3 y media de la noche y a las 8 había que salir cada uno para sus menesteres.

Estuve mandando solicitudes de Couchsurfing por el camino y en Bélgica finalmente, Lise y sus compañeros de piso me acogieron. Fueron unos 550 kilómetros hasta la casa de estos jóvenes. Estaba tan cansado de chupar agua por aquel paisaje que renegué de la cena. Sí acepté una copa de vino y a escribirles una letra para aquellos músicos y periodistas. Hablamos de mi reciente viaje por África, de lo que había visto allí y lo diferente que nos lo muestran. Del terrorismo y de lo que yo había visto allí sobre ello. “Y desgraciadamente esto no ha acabado”, les comenté. La noche se volvió jovial, divertida y productiva pero al día siguiente a las 9:00 había que salir dirección Hamburgo donde me esperaba mi prima Jessica y su marido Leví. Unos 600 kilometros absurdos y aburridos pasando por Holanda de los cuales solo puedo contarte que la rueda trasera, cada vez estaba más cuadrada.

Abrazos y buena cena me esperaban en la supuesta mejor hamburguesería del mundo, la cual está abajo de su piso, en el barrio de Sant Pauli. Os recomiendo que vayáis porque es donde está todo el "marchón" y los que iremos al infierno. Unas mini Vegas, con su barrio rojo, sus sex shops, música en directo y desayunos a las 14h.

Sin mucha fiesta y mucho calor familiar pasé dos noches. Así que el 11M salí dirección Malmö. Yo, que no me preparo los viajes, me dijo el chico que allí me esperaba y habíamos contactado por internet, que podía ir en Ferry o por los puentes, siendo estos últimos 180 kilómetros más, pero como no sabía el precio del navío, decidí ir por los puentes. Gran cagada porque el precio de los dos puentes parece ser el mismo que el del barco. Y gran cagada porque el chico no lo pude localizar después de realizar los 500 km pasando por Dinamarca, sin nieve, ni hielo y pensando que era la aventura más absurda que estaba haciendo. Era de día aún, no temprano pero no muy tarde y a 700 Km norte, en Strägnäs, se encontraba mi hijo, así que me puse a ello. La noche se torció con una intensa niebla que no me dejaba ver 10 metros, empañaba mi casco y mojaba mi traje. A medida que subía en el mapa, bajaba la temperatura. Finalmente llegué sobre las 2 de la madrugada y mi retoño despertó al sentirme, solo para abrazarme. Semejante e inconsciente paliza tuvo su recompensa. 1200 kilómetros y un hachazo en el mapa, que me permitiría estar unos días con el niño.

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Problemas y más problemas en el frío

Fue el 14M cuando salí de la casa de mi hijo y cuando comenzó la verdadera aventura o su parte punki. Tras haber mandado varias solicitudes de sofá por la parte norte, solo en Luleå me respondieron y aquel pueblo se encontraba a 900 kilómetros de mi partida. Las temperaturas eran más bajas y conducir por la noche era una ESTUPIDEZ, sí querido lector... En mayúsculas. Y se me hizo de noche porque volvieron los problemas de la llave de la gasolina que, a partir de ahora y con su permiso, la llamaré "Ella". "Ella" molestaba y yo ciego en mecánica, pensé que era importante, pero todos me decían que pasara de "Ella" y que la metiera directa, evitando así tanto mamoneo. Finalmente anulé a "Ella" y coloqué a "Otra" (así llamaremos a la nueva llave) la noche me alcanzó peleándome con las dos en una gasolinera de Docksta, así que saqué la pala junto a un camino, me puse a quitar nieve, lo que pude de hielo y monté la caseta extendí la esterilla puse el saco y dejé a "Ella" y a la "Otra" fuera pensando que todo estaba ya colocado. Como no había tenido bastante aún, un perro con síntomas de haber consumido anabólicos, esteroides u otras sustancias de engorde, amenazó desde la distancia durante un par de horas con severos ladridos.

A la mañana siguiente un sol de justicia pintaba un paisaje blanco y brillante maravilloso. Debía de ser un gran día de conducción, de disfrutar, de no mojarme, de reír... Pero un mojón de kilo para mí. "Ella" estaba anulada, pero la "Otra" también estaba dispuesta a dar por morcilla. Fueron unos 80 kilómetros, cuando volvieron los problemas. Llamé a mi agente matrimonial o el mecánico y me dijo que a veces no es ni "Ella" ni la "Otra" que a veces son los demás. “Desmonta el carburador, límpialo y vuélvelo a montar”,  esperó tras el celular como si yo supiese que era un carburador e incluso donde estaba eso. No me podía permitir un taller sueco, ni finlandés, ni iraní. No me quedaban otros galones, que remangarme y afrontar la difícil tarea, para mí, de limpiar todo lo que me estaba afectando. El mecánico en la distancia hizo lo que pudo y después de 3 horas de trabajo conseguí hacer la tarea. La moto arrancó, lo cual hizo que entrara dentro de la gasolinera, restaurante y puesto de hot dogs, para avisar a todo el mundo que aquella moto había arrancado después de haberla tocado yo. A nadie le importó un mojón, pero yo y mi alegría efímera partimos dirección Luleå. Efímera porque a sólo 50 o 70 kilómetros la moto volvió a fallar... Pero a tirones y sin pasar de 80km/h llegué a Luleå, donde Emil, otro de esos contactos me esperaba. Mi sorpresa fue cuando me dijo que guardara la moto en el garaje de su padre, el cual tenía todo lo que necesitaba para darle un repaso a la moto... Sólo me quedaba intentarlo, pero eso sería el 16M ya que estaba muertito, era tarde y cualquier herramienta podría ser utilizada en mi contra.

Ese día se había convertido en clave. Si conseguía arreglarla y salir, tendría 4 días para hacer los 1000 kilómetros hasta Nordkapp. Al arrancar la moto a la mañana siguiente, un borbotón de gasolina salía por "Ella" dando aún señales de vida en la inútil insistencia de hacer funcionar el corazón de Pingu... pero no la necesitaba porque tenía a "Otra".

Debí de haber movido la palanca con la bota abriéndola y haciéndola llorar, haciéndola fallar. Pensando que aquella estupidez podría haber sido el problema decidí salir, aunque algo me decía que no. Me despedí de Emil y con sinceridad me dijo: “si vuelves a tener problemas, no dudes en volver”. Aquello me tranquilizó y aquello tuve que hacer. La moto volvía a fallar. Dicen que cuando no sabes de nada, no dudas de nada, pero creo que se duda de todo. Volví a casa de Emil, a la puerta del garaje porque Emil no volvía hasta la tarde. Allí desmonté todo con mis herramientas, volví a limpiar, poner y percatándome que no había colocado correctamente los carburadores con el filtro del aire. La moto seguía sin seguir bien y ahí fue cuando decidí mandar al garete una aventura, la cual se estaba convirtiendo más en un curso de mecánica. Un amigo del padre de Emil llegó por la tarde. Cuando ya todo estaba colocado y yo pensaba que ya no podía haber fallo. Arrancó la moto, abrió aquí y allí. Finalmente y con la mano en ambos cilindros dedujo que el izquierdo estaba en coma y que solo funcionaba uno. Posiblemente la boya de ese carburador. “Ahora descansa, mañana a las 9 de la mañana, vengo y lo hacemos”. Pero desafortunadamente y por fuerza mayor, no fue así. Este hombre cuando me dejó la noche anterior, empujando el remolque de un amigo se rompió la pierna por tres sitios. Llamé a Xavi. El colega de Vitoria era el que desmontó en su día a "Ella" y pensé que era el más indicado, ya que el día anterior y tras anunciar por las redes mi desesperación y retirada de este proyecto, recibí un aluvión de teorías, esquemitas de carburadores desguazados al 100 % y ninguna funcionaba y otras se iban de las manos. Con pasta se hubiese arreglado todo en una tarde, pero mi presupuesto no me lo permitía... y una aventura es así. No le distraigo más querido lector. Xavi dio con la tecla. “Tapa todos los agujeros de "Ella", quizás esté entrando aire por alguno y te esté dando fallo”.

Y así partí dirección Nordkapp el 17M. Directamente el frío aumentó y me obligó a usar el traje calefactable pero directamente me di cuenta que los puños no calentaban y después de quitar y poner el tanque mil veces habría cortado algún cable. A solo unos 180 kilometros de Luleå llegué a Tornio (Finlandia), donde casualmente la empresa donde trabaja un paisano lo habían mandado allí, exactamente a Kukolankoski. Allí me dieron de cenar y pude dormir plácidamente toda la noche después de saber que la moto ya iba bien y que los puños calentaban.

Clavos por chinchetas…

18M muy temprano partí dirección a Nordkapp, pero tenía que pillar la ruta larga ya que la más corta estaba cerrada en invierno, por lo tanto 831 kms por delante. Mecánicamente todo iba bien, pero aparecieron las primeras placas de hielo y había que decidir dónde poner los clavos. Si me precipitaba, los clavos se irían achatando, si tardaba en ponerlos podría besar el suelo y ninguna de las dos cosas me apetecía. En un tramo y tras varios kilómetros manejando la moto por una pequeña franja seca, esta se perdió y pensé que era el momento. Llevaba una bolsita de clavos para hielo y dos de tornillos de bricolaje metálico. Sí, a 2€ la caja. Coloqué los buenos y mi sorpresa fue que la rueda trasera con aquellos clavos tocaba parte metálica del chasis o la horquilla o como le llaméis vosotros. No pude poner en el centro de la rueda por la carencia de tacos en la misma. Y así probé hasta la siguiente gasolinera y aunque sonaba, no partió la rueda, pero ese roce desgasto un poco los clavos. Allí reforcé el experimento y continué. De nuevo, otra sorpresa. El hielo se esfumó. Los clavos perdieron su nombre para ser llamados chinchetas. La noche me alcanzó y cuando más deseé llegar a algún lugar, ese lugar nunca llegaba. Placas de hielos y oscuridad con chinchetas es como barreño de gasolina y niño de 4 años con mechero. La luna reflejó en el suelo un brillo sobre un fondo negro bajando una pendiente pronunciada. La moto se cruzó y el control pasó a llamarse descontrol y las manos al suelo junto a todo el cuerpo que frota en la ducha. Como una pastilla de Hockey me deslicé cuesta abajo, dándome tiempo a mirar si venía un camión u otro vehículo, al ver la negativa y quizás movido por los nervios, comencé a reír como un tarado bajo el manto de la noche. Patiné unos 40 metros, la moto quedó del revés y con los topes para las caídas roto, dejando el motor sostenido en el chasis por los tornillos traseros. La suspensión delantera lloraba aceite pero no parecía rota. Con más necesidad que ganas, tuve que hacer unos 150 kilómetros hasta llegar a Karigasniemi, pueblo fronterizo con Noruega. La idea era poner gasolina y seguir, pero era tarde y con una caída había tenido suficiente y ya no reboto como los niños de 10 años... caigo como un saco de papas.

A 300 metros de la frontera había un bar. La temperatura era de unos 15 grados bajo cero, y solo quería un poco de calor. Paré la moto y entré. No había prácticamente nadie. La chica me puso un café y al rato llegaron unos clientes curiosos al ver la moto en la puerta. En Finlandia y sobre las 9 de la noche, no se bebe agua precisamente. Cuando llevaban unas pocas y tras una discusión entre dos de ellos para ver quien se llevaba al español, un grupo me invitó a dormir a su casa. Me invitaron a cerveza pero creo que es la primera vez en mi vida que desecho tal oportunidad, esperé que terminaran la velada sentado en la barra y sobre las 2 de la madrugada salimos a la casa. Allí siguieron bebiendo hasta quedar todos esparcidos por las camas y alguno por el suelo, el cual era mi sitio pero me vi obligado a compartir hasta que volvió a despertar y se subió al sofá.

La mañana siguiente era el 19M. Google map indicaba 284 kilometros, pero carretera cortada en invierno, por lo tanto tenía que hacer la ruta larga que eran unos 350 kilometros. Tras dormir 5 horas, me levanté y me fui a la moto para ver en qué estado estaban las ruedas. Mal. Parecían unos neumáticos con traje de sevillana. "Ella y la "Otra" goteaban para más emoción. Quité varios de los clavos delanteros, que no estaban muy mal, pero que su función era reducida y habían pinchado la rueda. Era mi último día. Tenía la rueda soportando pinchazos con unos clavos torpes. Los clavos traseros igual y algunos incluso se había incrustados en el neumático. Decidí meter los clavos de la ferretería "de perdidos al río" pensé. Los finlandeses me dijeron que no me iban a dejar entrar en Noruega con esos neumáticos y que me esperara 3 días a que amainara un temporal que acababa de empezar, tirando camiones y algún autobús a la cuneta. Vientos de más de 100 km/h. Quizás, a esas alturas del partido no me apetecía más inconvenientes, pero cierto es, y perdonen mi tara y mis formas, aquello me ponía cachondo. La aventura que había menospreciado, se había levantado frente a mí haciendo que me sintiese pequeño. Esa incertidumbre y ese riesgo real de caminar por el filo de la muerte que me hacía y hace sentir vivo, estaba frente a mí. Con todo listo aunque tarde, sobre las 12 del medio día salí.

Objetivo conseguido

Era cierto. El viento racheado jugaba conmigo como un gato con una pelusa. La velocidad media era de 45 km/h y realmente el invierno terminaba el 20M a las 4:30 lo que yo entendía como aquella madrugada del 19M. Las ruedas perdían adherencia sobre aquel manto blanco. Los quitanieves pasaban pero el viento hacia su trabajo: molestar y meter nieve en la carretera. A ratos el viento se calmaba e incluso salía el sol y cuando más a gusto estaba se volvía a pintar el cielo de negro y a ventear. La noche me alcanzó. La nieve caía con fuerza y tenía que temer por otros vehículos, la situación climatológica bipolar y mi impaciencia. Cuando acepté que era una cuestión de paciencia... la moto empezó a fallar cuando solo quedaban 120 kilometros. No tenía tiempo, ni luz, ni ganas de sacar herramientas para tocar lo que ya había tocado mil veces. Tiré como pude. Los tirones que a veces la moto propinaba, hacía que culeara sin control. Paciencia. No veía nada y a veces tenía que parar en la cuneta a descansar, a mover las muñecas... a pensar. Solo veía copos brillantes venir a mí y esquivos antes de topar con mi casco. Cuando me di cuenta un cartel me anunciaba "Tunel Nordkapp",más de 6000 metros de túnel, por lo tanto 6 kms sin hielo. Interpreté que al pasarlo, ya me encontraba en Cabo Norte y con ello conseguido mi objetivo. Y así fue. Legué a un pueblo llamado Honningvåg en medio de aquella tormenta, sin ruedas y buscando una gasolinera. Unos chicos se acercaron y les pregunté por la bola. “La bola se abre solo para los turistas, a las 10 y a las 12 de la mañana, ahora no puedes ir, y sí... estás en Cabo Norte, en el pueblo de Honnigvåg”. Pensando que aún me quedaban 23 kilómetros más, ya estaba en Cabo Norte. Ya me podía dar por satisfecho. A pesar de todo... lo había conseguido. No contento le pregunté a una señora que paseaba el "frigoperro" y me lo confirmó. Busqué un cartel que pusiera Nordkapp, me hice la foto y busqué un lugar barato para dormir, que lo hay por 32€ la noche. Al día siguiente me hice la foto con la bola por petición popular, porque por mi parte, la bola era lo de menos. Ahora sólo quedaba y queda volver.

Y aquí estoy. En Strägnäs. De nuevo con mi hijo en su pueblo, montando una exposición de fotos en la calle para poder continuar mi aventura cuando pueda comprar una rueda trasera. Eso sí, con más tranquilidad, sin pisar una autopista y disfrutando de lo que me rodea. Y recuerden... Esto no es mira lo que hago, es mira lo que puedes hacer tú. Sois mi gasolina.

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Publicado el 03/05/2016

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