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A Mongolia en 125: ¡Por fin Ulan Bator!

La travesía había sido dura y cargada de momentos tensos pero también llena de experiencias maravillosas. Con todo ello, el viaje tocaba a su fin: llegábamos a Ulan Bator, la capital de Mongolia.

Autor:
Julia Elvira del Olmo
Foto:
Julia Elvira del Olmo
Publicado el 19/11/2018
Mongolia 1

El accidente que sufrimos cuando salíamos de la capital de Tayikistán fue un duro golpe tanto a nivel físico como mental. La herida y la fractura nos mantuvieron en Dushambe durante dos semanas intentando recuperarnos y la deficiente atención sanitaria nos hizo plantearnos en más de una ocasión volver a casa y dejar la aventura aparcada hasta el verano siguiente. Además, estando todavía convalecientes, nos enteramos de otra noticia: ¡estaba embarazada!
El dilema -por tanto- aumentó... aunque las ganas de explorar y de cumplir el reto ayudaron a levantar la moral y a tomar la decisión de continuar el viaje, así que cuando la herida de Gonzalo ya no amenazaba con infectarse nos atrevimos a volver a la ruta.
Y además no a cualquier carretera: nuestro destino era la mítica carretera del Pamir, una de las más altas del mundo con un puerto que supera los 4.600 metros sobre el nivel del mar. 

Vuelta a la aventura

He de confesar que el primer día de vuelta en la moto iba asustada; ¿y si nos caíamos de nuevo? Sabíamos por otros moteros que la ruta estaba en bastante mal estado en algunos tramos e incluso nos encontramos con varios que habían tenido que dar la vuelta por problemas mecánicos derivados de la dureza del camino. ¿Cómo se comportaría en esas circunstancias nuestra 125cc?
El primer día, además, volvimos a pasar por el punto donde tuvimos el choque y 30 kilómetros más adelante el asfalto acababa para dar paso a un agreste camino. Mis nervios no disminuían cuando pensaba en lo remoto de la zona y lo lejos de cualquier hospital. Por suerte la belleza del camino pronto diluyó estos pensamientos...


La ruta -un camino creado con dinamita al borde de una montaña- iba en paralelo a un río, en un imponente desfiladero. Las montañas peladas, sin apenas vegetación, con los colores ocres y marrones de la tierra nos acompañaron durante varios días. Pronto el río se convirtió en la frontera entre Tayikistán y Afganistán, lo que hacia que tuviéramos este país -literalmente- a un tiro de piedra.

En esta zona de Tayikistán son constantes los controles policiales y militares... la mayoría de veces situados en mitad de la nada. Y es que esta región se levantó en armas contra el gobierno, lo que desembocó en una guerra civil en 1992. Ahora la zona es muy tranquila pero los controles siguen estando ahí.
La carretera del Pamir tiene diferentes rutas para recorrer esta región. Nosotros decidimos hacer el tramo del Valle del Whakan antes de subir hasta el paso de montaña. En el valle nos encontramos con un camino en mejor estado; el río seguía separándonos de Afganistán, donde podíamos ver imponentes glaciares en la cumbre de sus montañas. La anchura del valle ha proporcionado un espacio ideal para numerosas aldeas y campos de cultivo, que íbamos cruzando entre gritos y saludos de los niños que no dudaban en salir corriendo al camino para saludarnos.
Los tayikos nos trataron con el máximo cariño; en más de una ocasión nos invitaron a comer y dormir en sus casas y nos contaron historias de su país.
Pero -sin duda- el momento más épico para nosotros fue en el paso Ak-Baital, que alcanza los 4655 metros de altura. No sabíamos si la CBF podría con ello y finalmente, con toda la carga, con dos ocupantes y a pesar de sus 125cc, la Honda consiguió atravesar el famoso paso. Cuando lo cruzamos, la emoción fue tal que nos pusimos a dar gritos de alegría.
¡Definitivamente esa moto podía morir con honores!

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Descubriendo Kirguistán

Tras más de 10 días atravesando estas montañas llegamos a un paso tras el cual nos esperaba Kirguistán. El cambio de paisaje se notó rápidamente, de los marrones de Tayikistán a los verdes de Kirguistán en tan sólo unos kilómetros.
El nuevo país nos sorprendía con grandes cambios, no sólo en los colores del paisaje... empezamos a ver caballos por el camino, “yurtas” habitadas por nómadas y una frialdad en sus habitantes que -tras la hospitalidad de países como Irán, Uzbekistán o Tayikistán- nos sorprendió.
Kirguistán es conocida como los Alpes de Asia Central y es que las montañas, los bosques y ese color verde que lo cubre todo recuerdan a las imágenes alpinas. A nosotros lo que nos sorprendió en esta postal fueron los nómadas. Los rasgos de sus facciones, las yurtas y el pastoreo de caballos eran algo que esperábamos en Mongolia, pero en Kirguistán también vivían así. Y nos sólo eso; la gente del país está muy orgullosa de sus caballos y de su destreza como jinetes.

Antes de llegar al país, otros moteros ya nos habían avisado de los muchos controles policiales que hay en las carreteras y de lo estrictos que son con las normas. Nosotros íbamos bastante tranquilos y aún así nos multaron. Y aunque parezca imposible ¡fue por exceso de velocidad!
Nada más pasar un cruce nos paró la policía y nos dijo que íbamos a 80 Km/h. Nosotros no nos lo podíamos creer pero como teníamos roto el cuentakilómetros pues tampoco podíamos decir nada. Negociamos el precio de la multa y la pagamos sabiendo que se iba directa al bolsillo del policía y dudando todavía de si realmente circulábamos a esa velocidad. En cualquier caso, el resto del viaje por el país lo hicimos con todo el cuidado de que no nos volviesen a multar.

Al cruzar a Kazajistán nos dirigimos a Almaty, una moderna ciudad donde aprovechamos para hacer algunas revisiones médicas, descansar y sacar los dos últimos visados de esta aventura: el de Rusia y el de Mongolia. Y aquí, por primera vez en el viaje, Gonzalo y yo nos tuvimos que separar por varios días pues mi visado para Rusia empezaba y aún tenía que acudir a mi cita medica. Para aprovechar el tiempo Gonzalo salió hacia la ciudad fronteriza donde nos encontraríamos en tres días y yo tomé un tren que me llevó en un día hasta allí.
Gonzalo, por cierto, volvió a sufrir incontables controles policiales en un paisaje poco atractivo y con una carretera insufrible. Finalmente nos encontramos en Semey, una ciudad que durante la época soviética fue usada para pruebas nucleares. De hecho, a poco más de 100 kilómetros de la ciudad hay una laguna que se creo con una bomba atómica. La ciudad no es bonita pero nos resultó curiosa de visitar.

Desde allí cruzamos la frontera hasta Rusia... y fue una gran sorpresa.
En realidad era el único país de todo el recorrido en el que había pensado como un mero paso y no como un destino que me interesase. Había que pasar por Rusia para llegar a Mongolia y  para mí no era más que un simple transito. Sin embargo, nada más cruzar la frontera, la cosa ya empezó bien con una maravillosa y bien asfaltada carretera y unos conductores responsables que no se pegaban a la moto para adelantarnos. El paisaje cambió de la estepa kazaja a unas maravillosas montañas coronadas de nieve, valles cruzados por ríos de color turquesa y lagunas donde se reflejaban los tonos del otoño que ya empezaban a asomar en la región.
Me enamoré inmediatamente del lugar.

El único inconveniente de Rusia fue que empezamos a sufrir lo que veníamos temiendo todo el viaje: que nos pillara el intenso frío de esta región. Durante varios días tuvimos unas temperaturas  que nos obligaron a comprar más ropa de abrigo para no morir congelados en la moto. Temperaturas que rondaban los 0 grados de día y bajaban por la noche hasta situarse en negativo. ¡Incluso en algún momento llegamos a parar al costado de la ruta para calentarnos las manos con el calor del motor!.

Y por fin llego el día!

Finalmente había llegado ese momento que, al principio del viaje, se veía casi imposible: cruzar a Mongolia.
¡No me podía creer que estuviéramos allí!
Cuando cruzamos la frontera los sentimientos se mezclaron entre la satisfacción por haber cumplido un sueño y la pena por saber que la aventura estaba llegando a su fin. ¡Pero habíamos llegado! algo que poca gente creyó que conseguiríamos en una moto de 125cc.

La casualidad quiso que llegáramos justo cuando se iniciaba el Festival de las Águilas, una celebración que reúne a los nómadas de la región montañosa del país y en la que celebran competiciones de arquería, carreras de caballos y donde, por supuesto, los competidores demuestran su dominio cetrero con sus águilas.
Para mi fue algo mágico poder asistir a un evento así... aunque a la moto no debió parecerle lo mismo porque desde que cruzamos la frontera mongola empezaron problemas que no habíamos tenido el resto del viaje. Cuando abandonábamos el pueblo donde habíamos asistido al festival la moto decidió dejar de arrancar. El susto fue enorme pero pronto descubrimos que se trataba de la batería. Compramos una nueva que, aunque no encajaba a la perfección, nos ayudaría a llegar a la capital de Mongolia.

La ruta en el país nos llevó a cruzar por las estepas por un paisaje solitario que iba cambiando día a día... aunque con una constante: ni un solo árbol en la inmensa extensión de territorio.
Pasábamos ganado que andaba suelto por aquellas tierras; caballos, camellos, cabras, ovejas, yaks... y nos alimentábamos de esa misma carne todos los días.
Los mongoles no destacan por su variedad culinaria.
Y en medio de una de estas carreteras solitarias nos volvió a ocurrir algo nuevo: tuvimos el primer pinchazo en casi 20.000 kilómetros. Ibamos preparados con una espuma para rellenar el neumático y poder continuar hasta la siguiente gasolinera pero a los dos kilómetros la espuma falló y nos encontramos tirados en mitad de la nada. Por suerte, un nómada pasó en su 125cc de origen chino y nos ayudó a cambiar la cámara ya que nosotros no llevábamos herramientas para ello.
Todo lo que no había pasado a lo largo de la ruta estaba ocurriendo en Mongolia... pero no nos importaba: estábamos felices de estar allí, de poder acampar viendo el atardecer en aquellas tierras infinitas donde, salvo los animales pastando, no había un alma en kilómetros a la redonda.
¡Habíamos llegado y ni el calor, el frío o la dureza de la ruta habían podido con nosotros!

El último susto

Cuando ya nos faltaban pocos kilómetros para llegar a Ulan Bator volvimos a sufrir un episodio de corrupción policial. Nos pararon a un lado de la carretera y empezaron a revisar todos nuestros papeles y la moto. No encontraron nada extraño... pero decidieron multarnos porque uno de nuestros intermitentes estaba roto. Además nos advirtieron de que hasta que no pagásemos no nos devolverían los pasaportes. En un arrebato agarramos los pasaportes del coche policial y nos dimos la vuelta. En un país donde la mitad de las motos no tienen intermitentes... y las que tienen no los usan... no nos daba la gana pagar por el simple hecho de ser extranjeros. Por cierto, nadie se molestó en venir a por nosotros.


A medida que nos acercábamos hacia Ulan Bator empezó a hacer más y más frío y cuando no faltaban más que 40 kilómetros se levantó una nevada con ventisca que hizo que tuviéramos que parar y refugiarnos un buen rato pero como queríamos llegar antes del anochecer nos lanzamos de nuevo a la carretera. Entramos en la capital de Mongolia ya de noche, con la nieve cayendo en una ciudad iluminada con muchos colores y mucho más moderna de lo que imaginamos. Y aunque estaba muerta de frío y con ganas de llegar al hotel pensé que no podíamos haber entrado en Ulan Bator en mejor momento...

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Texto:

Julia Elvira del Olmo

Fotos:

Julia Elvira del Olmo

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