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Viaje Desafío Africa 2018: Descubriendo Malaui y Mozambique

Casi a mitad del viaje de este desafío africano y con más de 8.000 km en nuestras ruedas, continuamos el viaje hasta Ciudad del Cabo con la Ducati Scrambler. El polvo, las piedras y la lluvia han sido los protagonistas del periplo anterior por Etiopía, Kenia y Tanzania, ahora nos toca encontrar el paraíso.

Autor:
Alicia Sornosa
Foto:
Alicia Sornosa
Publicado el 30/05/2019
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La llegada a Malaui continúa la tónica general desde que salimos de Kenia: la lluvia. Una cortina densa que nos obliga a reducir la marcha y a detenernos bajo unos plataneros, cobijándonos bajo ellos mientras escurro los guantes, que están empapados. Cuando el cielo se abre y pasa el monzón unos jóvenes motorizados se acercan a ver nuestras Scrambler. Les encanta, como en todo África, tocar, fotografiar y preguntar sobre nuestras monturas. Retomamos la marcha entre las plantaciones de té y bananas, subiendo y bajando colinas con la ropa de agua sin quitar. El paso fronterizo estaba atestado de camiones que esquivamos rápidamente para ser los siguientes en el turno de entrada del país. Una caseta a un lado con un cartel de aduanas indicaba el lugar de las oficinas. Aún empapada y con ganas de pasar cuanto antes, hice los trámites de entrada mientras mi compañero se quedaba al cuidado de las Ducati. Los tres funcionarios ni levantaron la cabeza, (eso me sienta fatal) pero al final conseguí llamar su atención. Ciento cincuenta dólares después para pagar los visados, los más caros hasta el momento, y diez más como peaje para la carretera, entramos en Malaui.

Monkey Bay
Malaui parecía otra cosa, pero ya llevamos más de 300 km y la lluvia no ha cesado. La primera ciudad me pareció deprimente, pese a la lluvia torrencial, los hoteles no tenían agua y una ducha caliente era solo posible en la imaginación. La comida es bastante escasa y simple, basada en los pescados de agua dulce fritos en abundante aceite y la típica pasta de maíz africana. Los hoteles son caros, mucho. Los navegadores y las cámaras que llevábamos en la moto comienzan a dar quejas por la humedad día tras día. La última parada antes de llegar al lago la hacemos en un pequeño pueblo, con un hotel sin agua y un bar con tan solo dos cervezas. Pero pese a las incomodidades que nos brinda Malaui, parece que va a ser un país precioso. Tomamos rumbo al sur, para llegar hasta Hara, pasar por Mzuzu y acabar el recorrido en Monkey Bay, un lugar en el lago del que me han hablado en varias ocasiones.

Cruzando la montaña se asoman los campos de maíz, trigo, frutales. Decenas de puestecillos en los arcenes de la única carretera asfaltada que cruza el país, repletos de cestas de fruta tropical: mangos, papayas, aguacates, algunas manzanas… La cosa se iba poniendo bien y la humedad remitía en pro de la altura. Curvas, por fin. Y más allá de los árboles y las altas colinas, de las magníficas cataratas y los monos atusándose en medio de la única la carretera el enorme lago Malaui. Una expansión azul casi infinita delante de nuestros ojos.

Y por fin la llegada a la punta sur: Monkey Bay.  Un lugar paradisíaco, junto al lago de agua cristalina, kayacs para pasear, peces de cien colores, buena comida y cervezas frías (que no buenas ya que sólo tienen esa que dicen es “posiblemente la mejor del mundo”). El “back packers” u hotel para mochileros, fue una casualidad y un acierto encontrarlo. Nos quedamos 5 días explorando pequeños pueblos, comiendo pescados del lago y bañándonos pese a la advertencia de infectarnos con el parásito que puebla estas aguas transparentes. Merece la pena.

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Blantire: en busca de la frontera sur.
Y una mañana lo decidí: ¿Y si cruzamos a Mozambique por dónde nadie lo hace? ¿Y si buscamos la frontera sur? Y así lo hicimos. Nos pusimos en marcha en lo que sería un día agotador, pero lleno de aventura. Primero cruzamos una cordillera, unos 220 km de pista sencilla excepto en algunos tramos que se complicaba con piedras o rocas. Atravesamos más de veinte pequeñas aldeas que viven del té y el maíz. Alucinaban a nuestro paso…y nosotros nos preocupábamos cada vez más por la gasolina. Con la Scrambler por pista, que no se supera los 60 km/h el consumo es muy reducido, llegando a realizar unos 260 km antes de la reserva, pero llevábamos ya 200 km y no se vena el final de estos montes. Pero el instinto de viajera me hizo suponer que habría “Black Market”, es decir, que venderían gasolina por litros en alguna de esas aldeas de las montañas de té. Y así fue. Cuando la moto ya estaba en reserva y creía que tendríamos que caminar en busca de este líquido, apareció… un puesto de botes de cristal que vendían la gasolina a precio de oro. Llenamos cuatro litros cada uno y continuamos. La bajada fue espectacular y los caminos cada vez más abandonados y rotos. A esas alturas, sobre las dos de la tarde, ya sabemos que nos habíamos metido en un buen lío, pero queríamos llegar hasta ese paso fronterizo, al sur.

El estrecho camino terminaba donde empezaba un pequeño sendero, con cañas a los lados, una parte del río ya sin agua pero con mucho, mucho barro. Tras ellas una explanada llena de arena fina con un poblado al lado. Continuamos por esa pista hasta que dos hombres, a grito pelado desde el otro lado del camino, llamaron mi atención: Por ahí no se puede, es un antiguo cauce de un río y el camino está roto. Gira a la derecha, toma ese otro camino y llegarás a una orilla. Así fue, el caminito de arena daba a una orilla, de un río enorme que hacía las veces de frontera con Mozambique. Casi pasamos al otro país sin un sello en el pasaporte, cosa que nos daría problemas para salir. Negociar con los barqueros bajo el sol, con 200 km de pista a mis espaldas y mucha humedad no fue sencillo. Casi no nos quedaba moneda (ya que apuro cuando cambio de país) pero la frontera estaba cerca. Tuvimos que meter las motos en unas barbitas de madera movidas por un remero con una pértiga. Después de esa travesía llena de mosquitos, cocodrilos y mucha humedad, sacamos las motos al barro. Las cañas hacían acto de presencia lo que me indicaba, que habría más ríos que cruzar.

Bangula: de vuelta a Blantire
Continuamos la travesía por una pista que mezclaba la arena blanca con la piedra dura. Atravesando pequeñas poblaciones llegamos hasta la frontera sur. Nuestro gozo en un pozo. Ese pequeño lugar, con una oficina de emigración de madera destartalada, sin bandera ni nada que lo anunciara. En su interior un hombre charlaba con un europeo, el dueño de un 4x4 de Médicos sin Fronteras que había al lado. Salí con las orejas gachas…no nos dejaban pasar, bueno, si, pero de hacerlo no podríamos volver a entrar…y no teníamos la visa de Mozambique y en ese pequeño lugar y su aduana no la vendían. Los hombres y los burros pasaban de un país al otro sin mirar a los lados, la vida era absolutamente anormal para un paso de fronteras, pero sobre todo para nosotros. Tendríamos que regresar. Y otros setenta kilómetros de camino, pista y arena.

Mi moto subió el repecho que quedaba y se situó sobre una parte del camino de mayor altura. Miré a los lejos, agua. Miré delante de mí: barro, mucho barro hasta la orilla, cañas chafadas para poder superar el barro, más barcas, más dinero y mucha sed. Me puse a llorar.  Fue mi manera de quitar hierro al asunto; llevamos más de 4h sobre la moto cruzando pistas de montaña y ahora esto. Pero cuando volví a tomar resuello e intentar pasar la moto hasta la orilla, bajo un sol abrasador y muchísima humedad, la Desert Sled de mi compañero se apaga. Por el casco oigo una blasfemia, la moto no arranca. y lo primero que me viene a la cabeza es pensar en el cable de la pata de cabra. Lo transmito y en efecto, este era el fallo. Ahora habría que hacer un puente y cruzar los dedos. Al final, todo funcionó y tras otra larga discusión con los barqueros, las motos estaban de nuevo sobre el agua. La travesía duró más de 20 minutos entre cocodrilos, nenúfares, insectos y humedad. El final estaba cerca. Tendríamos que ir con dos de ellos en las motos para sacar del cajero del pueblo y pagar el transporte. El cajero no nos dio el dinero y nos tuvimos que quedar a dormir para cambiar uso pocos euros en el banco y partir al día siguiente hacia la frontera “normal”. Pese al calor, la falta de gasolina, los barqueros, no tener dinero y tener que regresar, fueron uno de los días de más aventura a la africana del viaje. Y una cerveza fría nos esperaba en el cuchitril donde dormimos, que nos pareció como un resort de los buenos. Al día siguiente en menos de dos horas estábamos cruzando Mwanza y pisando tierra mozambiqueña.

Mozambique ¿hablamos portuñol?
La frontera más amigable del viaje así titularía yo esta entrada en Mozambique. No tuvimos que pagar nada, no miraron las motos, no nos dieron la brasa… Con nuestro visado (de más de 60 dólares por barba) y con una sonrisa estupenda por parte del policía de aduanas, nos dejaron pasar. Y se hablaba portugués, por fin el “portuñol” me iba a servir en un viaje fuera de la península. Bienvenidos el enorme río Zambeze que cruzamos por uno de sus cuatro puentes a Tete, la ciudad más cerca de Malaui. Bienvenida la comida deliciosa y barata…y la superpoblación. Porque Tete estaba llenísimo de gente, trabajando, de aquí a allá, de tiendas, colas en los cajeros (con un agradable aire acondicionado dentro y un guarda que ponía orden en la fila antes de entrar), la falta de lluvias y la promesa de encontrar las mejores playas del océano en esta latitud.

Chimoio, Vilanculo y Tofo
Así son los nombres de las poblaciones con las mejores playas. Mucha carretera en Mozambique, en buen estado según en qué sitos, y unas ciudades con un rancio estilo portugués, como Vilanculo y su arena blanca, con barcos parados desde hacía siglos en su costa. Comen pescado cocinado de cien maneras y el famoso “piri-piri” (un picante hecho a base de guindilla roja). Edificios medio en ruinas al lado de magníficos resorts para recién casados, puestos callejeros y mucha, mucha gente joven. Un país que sale de una postguerra con aún cicatrices en sus ciudades. El esfuerzo de llegar a Tofo por su camino de arena blanca mereció la pena: la playa kilométrica y descubrir uno de los poblados más famosos por su vida relajada y turismo escaso fue el colofón a un viaje que empezaba a acercarse hacia el final: Sudáfrica. A un paso.

Xaixai, la capital Maputo y la frontera con Kruger
Tras unos merecidos días de descanso en la playa, llegamos hasta Maputo, la capital. Maputo te recibe moderna, con una carretera que bordea la gran playa blanca, los edificios, rascacielos a un lado, los chiringuitos para comer en verano al otro. Restaurantes, clubs, cafeterías…de pronto Africa lo tiene todo. Es la puerta a Sudáfrica y la influencia económica se nota. En esta ciudad rica en cultura, los edificios antiguos son preciosos, la gran estación de tren magnifica, el mercado central, la plaza de los artesanos, las cadenas de restaurantes y el pescado bien cocinado. Todo está en Maputo.

Los blancos son algunos más que en otros lados, y aun así, nuestras motos, la Ducati Desert Sled roja y la Urban Enduro verde, siguen llamando la atención. La gente nos pregunta en la calle, en los hoteles, en los bares. Unos modelos de la italiana que hasta el momento no han tenido problemas mecánicos de ningún tipo, solo un pinchazo en Etiopía, al comienzo de este desafío.  Estoy contenta, motivada para terminar este viaje en uno de los países que más me llaman la atención por su cultura e historia, por sus paisajes y grandeza: Sudáfrica. Además, llega un nuevo componente a este grupo: Polo Arnaiz, ese viajero que recorrió el mundo en una Triumph y con el que estuve este pasado año en los Himalayas Indios. La aventura, continúa…

Texto:

Alicia Sornosa

Fotos:

Alicia Sornosa

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