Evel Knievel
Evel Knievel: su verdadera historia

Evel Knievel fue todo un héroe en los Estados Unidos en la década de los setenta. Se burló de la muerte en cada uno de sus shows motorizados y llegó a alcanzar la categoría de ídolo en tiempo récord. Su historia llena de excesos merece ser contada.

Autor:
Lluís Llurba
Foto:
Ralph Crane/ Bob Thomas/ David Ashdown/ Hulton Archive/ ABC Photo Archives/ David L. Ryan/ King Collection
Publicado el 27/09/2017
Evel Knievel

A principios de los años 90, el supercross alcanzó su máximo esplendor. Nunca hasta entonces una especialidad offroad fue tan seguida, admirada y espectacular como esta. Y no porque cambiaran sus reglas o diseñaran nuevas pistas, sino por un hombre que se adelantó a su tiempo: Jeremy McGrath. McGrath fue el rey de la década de los 90, alcanzando siete títulos en ocho temporadas hasta que llegó Ricky Carmichael. Más que por su trabajo, McGrath ganaba por su increíble talento. Hacía unos saltos con los que nadie más se atrevía y, gracias a ello, asentó las bases de lo que hoy en día conocemos como freestyle.

Tras el californiano también hubo un puñado de pilotos que hicieron historia como Travis Pastrana y su doble backflip, Robbie Maddison y su increíble salto en la bahía de San Diego o el actual vencedor de los Red Bull X-Fighters de Madrid, Tom Pàges, y su imposible Front Flair. Hombres que, sin duda, se han convertido en leyenda ante la mirada de propios y extraños. Sin embargo, antes de todos estos fenómenos, hubo un hombre vivió el auténtico sueño americano, Evel Knievel. ¿Os suena de algo?

¿Quién es Evel Knievel?

Pues bien, Evel fue un prodigio de la temeridad en los Estados Unidos de la década de los setenta; una época de excesos, exuberancia, placer sin control y buena música. Lo cierto es que Knievel era un motorcycle daredevil o un stuntman. Solo hace falta darse un breve paseo por su hemeroteca que darnos cuenta que era un tipo sin demasiados complejos con el fin de alcanzar fama y éxito.

Evel era un tío que saltaba coches puestos en fila montado en moto. Prácticamente él solito se inventó este deporte y, con el lema de “más difícil todavía”, llegó a ser un ídolo de masas en Estados Unidos. Con los patrocinios de las marcas se hizo multimillonario y no dudó en rodearse de lujos al estilo de los setenta: su mansión, sus anillos de oro y relieves de oro macizo de él montando en moto colgados en las paredes de casa…

Pero, ¿Cómo logró tanto éxito? Según cuenta el documental Being Evel (Daniel Junge, 2015), fue porque en Estados Unidos, tras la crisis de la guerra de Vietnam, la revolución hippie, las luchas por los derechos civiles y demás cambios sociales, el país necesitaba a alguien como él, a un superhéroe como el propio Superman, pero real. Evel, de familia humilde, desafiaba al peligro, ponía en riesgo su propia vida con el único objetivo de superarse, de lograr lo imposible y eso emocionaba a la gente. Por lo visto, el espíritu americano en estado puro.

Unos inicios turbulentos

La vida de Knievel no fue precisamente un cuento de hadas. Criado por sus abuelos en un pueblo minero de la América profunda se convirtió en un chaval un tanto problemático. Mientras entraba y salía del calabozo por distintas gamberradas, fue encadenando trabajos de toda clase hasta que dio con uno para el que parecía haber nacido: vendedor de motos. Pudiendo enredar todo el día con ellas pronto empezó a hacer el cafre e hizo mil y una animaladas. Pero la más sonada fue la de saltar con una Honda 305 Scrambler sobre una jaula de pumas y serpientes de cascabel. Evel, que tenía por aquel entonces 18 años, no llegó al otro extremo y la moto golpeo el cajón donde estaban las serpientes. Salieron todas despedidas hacia el público, que entró en pánico tratando de huir del lugar, pero a Evel le dio igual. Aquello le dio alas y nació la leyenda de Evel Knievel.

Desde ese día, siempre quiso más y no tardó en montar un espectáculo itinerante. Saltaba de una rampa a otra hasta que su popularidad llegó a su zenit cuando en un show estuvo a punto de matarse. En 1967, Knievel realizó lo que, probablemente, haya sido el truco más famoso de la historia cuando trató de saltar por encima de las fuentes del Palacio del César de Las Vegas. Por desgracia, se estrelló al aterrizar y se rompió más de 40 huesos, además de pasar un mes en coma.

Evel Knievel

Fama, motos y Rock&Roll

Desde ese momento nadie quiso perderse sus chifladuras por televisión y los fabricantes de motocicletas no dudaron en patrocinarle. Con su afán temerario, empezó a criticar a los Hell Angels cada vez que tenía ocasión. En uno de sus espectáculos, en San Francisco, saltaron dos desde la grada y le dieron un puñetazo y, seguidamente, saltó gente de entre el público y linchó a los Hell Angels. Pero desde ese día, Evel se compró una pistola y ya no se separó de ella. La mezcla entre el alcohol y medicamentos para los nervios le convirtieron en un paranoico.

Parece ser que, mientras se ponía ciego en un bar, el camarero le dijo que podía saltar el Snake Canyon, en el Gran Cañón del Colorado. No obstante, para tal proeza Evel necesitó algo más que una moto y pidió que le fabricaran un cohete. ¡Dicho y hecho! El evento reunió a dos mil quinientos periodistas -más que cualquier combate de Mohamed Ali-, y se subió a la nave a la que llamó X-2 Skycycle. El salto fue un fiasco debido a que el paracaídas se abrió antes de tiempo y el cohete cayó al río. Evel fue acusado de fraude, perdió credibilidad y decidió volver a saltar autobuses.

Después de pegársela sobre trece autobuses en un estadio de Wembley a rebosar con una Harley-Davidson XR-750, en 1971 Knievel estableció un nuevo récord mundial en el sur de California después de saltar con éxito un total de 19 coches. Los últimos autos estaban cubiertos por una sección de la rampa por si Knievel se quedaba corto, pero completó la distancia en su totalidad.

Todo se fue al traste

Uno de sus amigos era escritor y se atrevió a publicar su biografía. Todos los que le rodeaban reconocieron que todo lo publicado era verdad, pero a Evel no le gustó en absoluto. Se fue con dos sicarios, secuestraron al escritor y con un bate de béisbol le rompió los huesos del brazo para que no volviera a escribir. El affaire saltó a los medios y todas las empresas que tenían contratos con él los cancelaron. Lo perdió absolutamente todo…

Le desahuciaron de su mansión, se retiró de los focos y se dedicó al golf. En las hemerotecas hay un rastro de noticias relacionadas con sus problemas con la ley, como que en 1986 solicitó los servicios de una prostituta por la calle que resultó ser una policía disfrazada. Sea como fuere, al final no lo mataron las incontables caídas, sino una fibrosis pulmonar que le afectaba el sistema respiratorio. Antes de irse hizo una última gira, pero sin el éxito de antaño. Ofició su funeral un telepredicador, Robert H. Suller, que también triunfó en los setenta con lo suyo. Sí, Evel solo hay uno.

Texto:

Lluís Llurba

Fotos:

Ralph Crane/ Bob Thomas/ David Ashdown/ Hulton Archive/ ABC Photo Archives/ David L. Ryan/ King Collection

Publicado el 27/09/2017

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