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Imagina esta escena: son las tres de la mañana del 5 de julio de 1975. El calor del verano barcelonés es asfixiante, pero en la montaña de Montjuïc, el aire está cargado de una mezcla perfecta e inolvidable de aceite de ricino quemado y pinos mediterráneos. De repente, un aullido desgarra la noche; un faro amarillento corta la oscuridad y, a más de 200 km/h rozando el bordillo, aparece Salvador Cañellas sobre una imponente Ducati 900 SS. Así era la magia de las 24 Horas de Montjuïc, probablemente la historia de carreras más salvaje, pura y mítica jamás contada sobre dos ruedas.
La historia arranca en 1955, no con inmensos presupuestos ni grandes motorhomes, sino gracias a la maravillosa locura de los miembros de la Penya Motorista Barcelona. Ellos decidieron que las carreteras y jardines públicos que rodeaban los antiguos palacios de la Exposición de 1929 eran el lugar perfecto para ver quién aguantaba más sobre una moto.
En aquella primera edición de tintes casi heroicos, Juan Soler Bultó y "Turuta" ganaron con una modesta Montesa Brío 90 de apenas 7 caballos y 70 kilos. Corrieron día y noche vestidos con chaquetas barbour y cascos tipo bol de ensalada, en un trazado donde no había vallas, solo pacas de paja frente a farolas de hierro macizo. Tras casi 2.000 kilómetros de tortura mecánica, demostraron que la industria española de posguerra era capaz de fabricar máquinas indestructibles. Había nacido la leyenda.
Para los años 60, la carrera se internacionalizó y alcanzó niveles surrealistas. Los mecánicos extranjeros de marcas como BMW alucinaban al ver que sus boxes no eran garajes, sino el interior del mismísimo Estadio Olímpico. El sonido de los motores resonando en las bóvedas de piedra creaba una acústica de catedral mecánica espectacular.
Allí mandaban los pilotos catalanes, los "especialistas de la montaña". Conocían cada bache y sabían dónde ganar un par de segundos si se tenía el coraje de no frenar en la bajada de la Pérgola. Llegados a 1969, el mundo estaba obsesionado con los motores de cuatro tiempos, pero Salvador Cañellas y Carlos Rocamora ganaron la prueba con el humo azul de una Bultaco 360 de dos tiempos. Una victoria de David contra Goliat. Poco después irrumpieron las poderosas Ducati con el rey indiscutible: Benjamín "Min" Grau, que destrozaba récords desafiando las leyes de la física urbana.
La madrugada en Montjuïc era como una novela de misterio. Sin apenas iluminación, los pilotos dependían de sus propios faros y de la mortecina luz amarillenta de las farolas. Con el terrible cansancio y tras repetir infinitas veces las 30 curvas del trazado en "modo automático", muchos sufrían alucinaciones visuales, creyendo ver muros o sombras cruzando la pista. Mientras ellos luchaban contra sus propios demonios en la oscuridad de la pista, en las laderas de la montaña el público vivía un carnaval pagano de velocidad, asando carne a un metro de las motos.
En la década de los 80, la tecnología cambió las reglas de forma radical. Llegaron las grandes y pesadas "bestias" japonesas que rozaban los 300 km/h, pero el circuito seguía siendo un estrecho parque público lleno de árboles y muros de piedra inamovibles. Para los pilotos del Mundial de Resistencia de 1980, Montjuïc producía verdadero terror y pasó a ser conocido como el "circuito de los valientes o los locos".
El trágico, aunque previsible, final llegó en la edición de 1986. Un accidente mortal segó la vida de Domingo Gil y confirmó lo que muchos temían: las motos habían evolucionado tanto que el entorno se había vuelto insosteniblemente letal. Los equipos internacionales se plantaron, el circuito fue despojado de su licencia y la montaña mágica se apagó para siempre. La competición se mudó a los modernos y seguros trazados de Jerez y Montmeló, pero sin esa alma inigualable.
Hoy, si cierras los ojos en la Font del Gat, aún puedes imaginar el eco de los motores. Las 24 Horas de Montjuïc no solo enseñaron a fabricar motos en España, forjaron un carácter de resiliencia y pasión que cimentó las bases de nuestra actual potencia mundial en el motociclismo.
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