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Esto que ves es una moto "dragster" muy especial: construida artesanalmente en un garaje, funciona como un cohete, sin transmisión y con una aceleración brutal... ¡con vapor de agua!
En Moto1Pro estamos habituados a hablar de motos muy rápidas, pero pocas —por no decir ninguna— juegan en la misma liga que este aparato nacido en el cobertizo de un ingeniero del norte de Yorkshire, a las puertas de la jubilación. Porque aquí las cifras dejan de tener sentido: en lo que tardas en leer estas líneas, esta moto ya ha recorrido 200 metros desde parado y ha superado los 320 km/h...

Se llama Force of Nature y es el proyecto personal de Graham Sykes, un ingeniero de precisión de 62 años, junto a un pequeño equipo. Su planteamiento rompe con todo lo conocido: en lugar de un motor convencional, utiliza agua sometida a alta presión y temperatura, que al liberarse genera empuje a través de toberas tipo De Laval, exactamente como si se tratara de un cohete.
Desde que arrancó en 2020, el proyecto ha ido evolucionando hasta su quinta versión. La actual, todavía en desarrollo, ha registrado 0,81 segundos en 18 metros desde parado, aunque configuraciones anteriores llegaron a bajar hasta 0,72 segundos. En el octavo de milla (200 metros) ha firmado 3,17 segundos con final por encima de 320 km/h, y en el cuarto de milla ya se mueve en 5,50 segundos, colocándose entre las motos más rápidas jamás vistas.

Aquí no se trata tanto de velocidad punta como de cómo se alcanza. La diferencia está en la forma de entregar la potencia. Al funcionar como un cohete, no hay transmisión, ni embrague, ni progresividad: todo ocurre de golpe. Es un sistema binario, "todo o nada" sin margen para modular.
Eso es lo que sitúa a esta moto en un terreno reservado casi en exclusiva a los dragsters de combustible Top Fuel. Más que una moto rápida, es un artefacto diseñado únicamente para acelerar en línea recta con la máxima intensidad posible.

La base técnica es relativamente fácil de entender, aunque ejecutarla no lo sea. Un equipo auxiliar calienta agua mediante un quemador y la transfiere a un depósito presurizado con 120 litros de agua desionizada, que alcanza unos 250 ºC y cerca de 580 psi.
En el momento de la salida, ese fluido se libera hacia dos toberas laterales, donde se convierte en vapor y se acelera hasta velocidades supersónicas, generando empuje inmediato. El consumo es tan alto como su rendimiento: hasta 40 litros por segundo, lo que limita el funcionamiento a apenas unos segundos.

A esto se suma la exigencia física. La aceleración puede alcanzar los 6,8 G, obligando al piloto a adoptar la posición correcta desde el primer instante. No hay margen de error para "recolocarse" en marcha una vez que has pulsado el botón...

El margen de mejora no pasa por añadir más capacidad, sino por optimizar lo que ya existe. Los 120 litros actuales se consumen en unos 2,9 segundos, y el objetivo es superar los tres segundos de empuje continuo.
Para lograrlo, el equipo trabaja en mejorar el flujo interno y reducir turbulencias y cavitación, factores que penalizan el rendimiento. Todo con un enfoque que sigue siendo casi artesanal: desarrollo en taller propio, equipo reducido y, eso sí, décadas de experiencia detrás.

El resultado no es una moto al uso, sino un experimento llevado al extremo, centrado en una única idea: acelerar más rápido que cualquier otra cosa sobre dos ruedas.
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