Diario de una motera

La importancia de asegurar bien las alforjas

Esther Rabadán
30/06/2021
Todos los que viajamos en moto tenemos siempre una anécdota que no puede faltar en las reuniones entre amigos. La mía, de no haber salido bien, pudo haberme costado la vida.

La primera vez que hice un viaje largo y duradero en moto instalé por primera vez unas alforjas. He de admitir que no eran unas alforjas de gran calidad pero me habían hablado muy bien de ellas. Parecían firmes y seguras y no hacía falta colocar ningún soporte adicional para su instalación. Para mi ignorancia eran perfectas.

Tras más de media hora colocando las alforjas sobre el colín de una Honda CB500F, el resultado, visualmente, era inmejorable. Estaban rectas, a una distancia considerable del tubo de escape y totalmente equilibradas. Además, tenían tantas cinchas enganchadas a la moto que era imposible que se movieran. Ingenua de mí

El viaje suponía un par de horas aburridas de autovía hasta llegar a las curvas. Tras una hora y media de viaje, feliz con mis alforjas nuevas, por el retrovisor vi algo amarillo flúor volando detrás de mí. No le di importancia puesto que cayó al suelo y desapareció en la distancia pero, media hora más tarde, en el momento de realizar la primera parada a descansar y tomar algo, me di cuenta, al tomar la salida de la autovía, de que no era capaz de accionar el freno trasero. Al bajarme de la moto llegó mi sorpresa.

El calor que desprendía mi tubo de escape había quemado una de las alforjas, lo que había producido un agujero enorme mediante el cual volaron por la autovía, entre otras cosas, mi sudadera favorita que, como estaréis pensando, era de color amarillo flúor. Voló, pero no sin antes enrollarse en mi disco trasero de freno. Cuando vi el destrozo entre la pinza y el disco no era capaz de comprender cómo no había notado nada durante la marcha. De haber tenido una prenda con un material más duro en la parte inferior de la alforja podría haberme matado.

¿Y cuál fue la solución? Eran las 4 de la tarde de un sábado de Julio. Opté por vaciar el contenido de una alforja en la otra y atarla como si fuese una maleta encima del colín (benditos pulpos). Tuve la suerte de encontrar, a pocos kilómetros de allí, un viejo taller de coches, de los de toda la vida, en el que un amable mecánico jubilado me ayudó a desmontar la pinza del freno trasero para quitar los restos de sudadera que impedían la fricción de las pastillas con el disco. Tras 10 minutos  de desmontaje y montaje y 20 € por la mano de obra pude continuar mi aventura. Y ahí fue cuando aprendí que las alforjas, mejor con su soporte, y el tubo de escape, cuanto más lejos de ellas mejor.

Esther Rabadán

Esther Rabadán

Amante de las motos desde que tengo uso de razón, llevo toda la vida sobre dos ruedas. Tras realizar colaboraciones en distintos medios, en Moto1Pro he hecho de mi pasión, mi modo de vida. Curiosa, analítica y muy digital, además de probar motos, coordino la redacción con mano de hierro en guante de seda.

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