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Sudáfrica: Paisajes, cervezas y motos

A pocas semanas de terminar los 15.000 km por África y llegar a Ciudad del Cabo, me encuentro con otro viajero: Polo Arnaiz, con el que descubrimos los paisajes sudafricanos, sus viñedos y Ciudad del Cabo, de la que es difícil olvidarse.

Autor:
Alicia Sornosa
Foto:
Alicia Sornosa
Publicado el 03/07/2019
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Salir de Mozambique es muy sencillo, tan fácil como circular por una enorme autopista y pagar el último peaje. Estamos muy cerca del Parque Nacional Kruger, en Sudáfrica. De la costa a las llanuras y de estas, tras una barrera levadiza, los grandes espacios naturales y sus montañas; estamos bordeando una de las zonas de mayor vida salvaje, por fin estamos en Sudáfrica.

El paso de frontera en esta ocasión ha sido muy sencillo. Nada más cruzar los últimos metros de carretera impecable, los enormes almacenes de alcohol y víveres se mezclan en la autopista con diferentes señales, que hacen que no nos olvidemos de que estamos en una zona salvaje; peligro con los leones, cocodrilos, hipopótamos y todo tío de antílopes…

Llegamos a Johannesburgo con la intención de hacer muchas visitas, ver museos, ver localidades como Pretoria, y una gran cita: el concesionario de Ducati, que estrena modelos y asisto también al evento, contando en un penoso inglés mi experiencia por el mundo. Pero sin duda lo que más ilusión me hace es reencontrarme con Polo Arnaiz (@conpoloacuestas), con el que ya viajé por los Himalayas Indios, otro rider de “vuelta al mundo” que nos descubrirá la riqueza etnológica del Ciudad del Cabo.

En esta localidad cambiamos neumáticos gracias a Pirelli España, llevamos más de 10.000 km con los MT60 y los dibujos han empezado a desaparecer, la verdad que han durado más de lo que pensaba; han realizado km de tierra, pista, asfalto…y con la moto cargada. Unos neumáticos mixtos con los que hemos pasado barro, arena y todo tipo de terreno, estamos (ambos pilotos de las Scrambler) muy contentos con este resultado. Nos quedan unos 5.000km hasta Ciudad del Cabo. Una vez con todos los “deberes” hechos en la ciudad de Sandton, una de las zonas financieras, milla de oro y la localidad más cara de la capital,  nos dirigimos hacia Lesotho, pero antes pasaremos por lugares increíbles que esconde este enorme país del sur de África.


¿Qué es el biltong?

El interior de Sudáfrica es gigantesco, lo mismo estás cruzando un desierto como el Karoo, como tan pronto las montañas y los cañones te rodean. La primera ciudad que nos encontramos tras salir de Johannesburgo se llama Underberg, un pequeño pueblo entre colinas donde la forma de vida es la ganadería, los caballos y el queso.

Me llama la intención el tipo de construcciones; casas de dos plantas con grandes troncos para sus paredes y unos tejados a dos aguas muy inclinados, lo que me indica que el invierno aquí es duro. También me sorprende que haya un gran centro comercial con tiendas de todo tipo, atestado de coches tipo pick-up (al estilo americano).

Mientras compramos la comida suficiente para pasar dos días en una de esas cabañas, comienzo a notar lo que diferencia esta parte del continente africano a sus hermanos del norte. Hemos dejado de ser “raros” ya no me miran ni se amontonan rodeando la Scrambler. Estamos rodeados de hombres blancos. Desde hace varios días me llaman la atención también unas pequeñas tiendas llenas de fiambres. Es donde venden una de las comidas típicas de Sudáfrica, algo que usaban ya los bóers y blancos que llegaban para ocupar las tierras y sobrevivir: el biltong.

Es una suerte de solomillo que se seca, tipo cecina, hecho con diversas carnes y perfecto para llevar en la moto: se corta en rodajas y se guarda fácilmente. Proteínas puras. Tras acopiar víveres para varios días nos dirigimos a una granja en Underberg. Los caballos y las vacas están por todas partes y los quesos que venden en las granjas son deliciosos.

Las carreteras en Sudáfrica están muy bien, el asfalto es bastante bueno, tienen señalización y arcenes. Incluso por las que nos movemos nosotros, que son comarcales, están bien mantenidas. Pero lo que más me gusta no es esto: es que hay millones de pistas. Pistas de tierra compactada, las que usan entre las enormes fincas donde crían kudus, antílopes y avestruces. Unas pistas anchas por las que vuelan con sus pickup…y nosotros con las motos. La sensación de libertad en este continente siempre es tremenda.

Llegamos a Clarens, ya muy cerca de la frontera con el siguiente país, Lesotho, un pequeño punto puntiagudo que sobresale en la enorme Sudáfrica. La montaña que esconde la única estación de esquí de esta parte del mundo, la más al sur. Nosotros subiremos hasta allí, AfriSky, y bajaremos por una de las pistas más complicadas: el Sani Pass.

Lesotho: Una estación de esquí en el sur de África

Tras un veloz paso por la aduana, ya que no hemos tenido más que rellenar un papel, comenzamos la subida hasta AfriSky, una estación de esquí en el centro de Lesotho. Subir ha sido increíble, la carretera nueva, un asfalto perfecto con unas enormes líneas amarillas a los lados.

Curva tras curva, subida tras subida, disfrutando de la montaña en su más puro estado. No me lo puedo creer que en este pequeño país aislado, montañoso, tenga este tipo de carretera. Sus pobladores viven de la industria textil, sacando lana de sus magníficas ovejas, dicen que una de las mejores del mundo. Hace frío y el cielo nos regala chaparrón tras chaparrón. Cuando sale el sol, aún nos queda una hora hasta llegar a la estación de esquí. Allí podremos dormir para continuar por la mañana hasta el “Stelvio” de Lesotho, una bajada en cornisa, sin asfaltar…y con mucha piedra ya que estas lluvias afectan al estado de la tierra, el famoso Sanipass.

Cuando llegamos es aún de día pero no hay habitaciones en ninguno de los dos hoteles de la estación, tenemos que dormir en el albergue, que por otra parte, está vacío. La respuesta a este misterio la encontramos después de cenar: seis Porche 911 Carrera 2018, con sus pegatinas de camuflaje están aparcados en la entrada del hotel. Delante de nosotros, más dinero en coches del que jamás soñaría cualquier habitante de este pequeño país montañoso. Ahora entiendo lo bien que están estas carreteras, sin población, sin radares, con altitud…un lugar perfecto para probar coches.

 

Sanipass

Salimos temprano para evitar otra tormenta. Las nubes negras se acumulan a un  lado de uno de los picos, si nos damos prisa llegaremos al Sanipass sin problemas, nos queda aún cruzar todo Lesotho. Comenzamos el ascenso, cascadas, enormes camiones que en las subidas, casi van parados, hombres con burritos y un asfalto delicioso. Mi Ducati Scrambler se lo está pasando bomba curveando. Las bajadas con los valles al fondo impresionan, somos capaces de hacer carreras con el motor apagado (que por otro lado, nos viene bien, ya que no queremos comprar combustible aquí). La sensación de libertad, de poder hacer estas cosas que ya están prohibidas en nuestro país hacen que nos sintamos mejor aún.

Cuando llegamos a la cumbre una enorme niebla lo tapa todo. No vemos el otro lado del paso y decidimos esperar en el bar más alto de África mientras entramos en calor con una sopa. Poco a poco va abriendo y aprovechamos entre nube y nube para comenzar el descenso. La primera parte es tan empinada y hay tanta piedra suelta que tengo que pedir ayuda, no soy capaz de avanzar sin miedo a caerme por una de las cornisas. Pero a los 7 km la pista deja de tener tanta caída y el ritmo de bajada es un poco más alto. Llegamos a la base, donde está la frontera tan solo con un percance: la rueda delantera de la Ducati Deseret Sled está pinchada.

 

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Sudáfrica

Volvemos a pasar por una frontera casi sin tráfico y llenamos con aire comprimido el neumático pinchado. Esta es la diferencia con el resto de África, si hay un pueblo cerca, habrá un taller de motos. Así es. Cambiamos la cámara sin problemas y continuamos camino.

Lesotho es el paraíso de las pistas, pero tenemos que comenzar a acercarnos a la costa. La Wild Coast es increíble, agua cristalina, llena de oleaje, azul. Pasamos varios días durmiendo en Back Packers (albergues) situados en los acantilados de esta costa, desde los que podemos observar delfines saltando todas las mañanas. Es increíble que la selva llegue hasta las orillas, que las vacas campen a sus anchas y que las playas, de arena blanquísima, sean kilométricas y estén vacías.

La comida en este país es básicamente carne hecha en la parrilla, barbacoas que ellos llaman aquí “Braai”. De la Wild Coast hacia el sur vamos enlazando preciosos pueblos con casas típicas sudafricanas, paredes blancas y techo de brezo, carreteras impecables y pistas magnificas.

Ciudad del Cabo

La carretera para llegar hasta Ciudad del Cabo es espectacular. Pueblos como Hermanus o Cabo Agujas nos hacen entender cómo fue la llegada de los barcos portugueses hasta estas costas, y después cómo millares de holandeses y alemanes tomaron una de las mejores tierras del continente africano, con agua, montañas, mar y ríos. Tierras ricas en recursos y vida salvaje. Las poblaciones de blancos se suceden, parece que estamos en Europa. Las construcciones cada vez se parecen más a otras conocidas y el idioma, el africaner, me recuerda al holandés antiguo.

Es curioso ver cómo la población negra sigue en sus pequeños guetos, en sus barrios o pueblos, cada vez más evidente según nos acercamos a Ciudad del Cabo. Una ciudad blanca, pegada al mar que comenzamos a ver desde las alturas. La Table Montain protege a Ciudad del Cabo de vientos y nubes, cosa que ahora les está provocando una de las mayores sequías de su historia. Pero no hemos venido a beber agua; aquí tienen bodegas por todas partes y nuestros días en Ciudad del Cabo sirven para visitar sus viñedos. Una ruta preciosa, con paradas para ver los apestosos pingüinos de la costa, degustar los caldos sudafricanos y disfrutar de playas increíbles.

Todo aderezado con mucha pista y caminos. Rodar por esta zona es seguro, divertido y con la posibilidad de visitar mercadillos y pequeñas poblaciones donde siempre se puede comer rico y barato. Las excursiones a parques nacionales que están rodeando Cape Town son una delicia para ir en moto. La costa es impresionante; con lagos de agua salada, entradas de mar, cabos, curvas y muchos cortados. Las carreteras están perfectas y las pistas siguen estando en muy buen estado.

Los días se suceden con salidas para conocer la zona y paseos por una ciudad en la que la gente joven lo inunda todo, con tiempo siempre para después del trabajo tomar unas cervezas (por cierto, cada pueblo produce la propia de manera artesana) cenar o ver algún espectáculo de música en directo. Ciudad del Cabo me resulta una ciudad perfecta para vivir, con un clima mediterráneo y gente amable. Eso sí, no se ven casi hombres negros y los que están en la ciudad o tienen una posición social muy elevada o viven al margen, saliendo en la noche para pedir, robar y buscarse la vida. Las dos caras de la misma moneda.

Pero todo lo bueno se acaba, como este viaje y tenemos que empezar a organizar la carga de las dos Ducati Scrambler al avión. Gracias a la eficacia de Ethiopian Airlines, los pasajes para nuestras monturas están preparados; Ducati South Africa nos brinda unos embalajes para las motos. Ahora sólo nos queda llegar hasta Addis Abeba, la capital de Etiopía desde la que hace ya 4 meses aterrizamos y con una pequeña escala, llegar hasta Madrid.

África no es peligroso

En resumen este viaje no ha sido peligroso,  con un mínimo de cuidado hemos rodado más de 15.000 km sin problemas. Hemos pinchado dos veces, cruzado varios puertos sin asfalto, arena, barro, lluvia e incluso hemos embarcado las motos en sendas barcazas para cruzar ríos en Malaui.

Hemos rodado junto a jirafas, cebras y ñus en Kenia, visitado las mejores playas de Mozambique, hemos comido carne a la brasa en Kenia, Tanzania y Sudáfrica, visitado bosques de baobabs inundados por las lluvias y probado todo tipo de vinos sudafricanos. Un viaje en el que he recaudado 5000€ para la construcción de pozos de agua en Etiopía, de mano con la ONG Amigos de Silva. Ha sido un viaje de reencuentro de viajeros, de millones de anécdotas. Un viaje por siete países del sur de África donde solo se puede disfrutar de la moto, del paisaje y de la historia que todo lo rodea. Por eso os animo a que viajes por la costa este de este continente y disfrutes como yo lo he hecho.

Si quieres más información de estos países visita mi blog: aliciasornosa.com.


Texto:

Alicia Sornosa

Fotos:

Alicia Sornosa

Publicado el 03/07/2019

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